Borges y México (fragmento)Miguel Capistrán

Borges y México (fragmento)

"Apenas salía de la adolescencia cuando conocí la literatura de Jorge Luis Borges. Desde ese momento, fascinado por el orbe fantástico, alucinante de sus narraciones, donde la realidad cotidiana es capaz de provocar sorpresas tan grandes como si fueran consecuencia de hechos fabulosos, y luego de haber pasado por la lectura de los relatos infantiles y juveniles, aquellos que eran clásicos hasta antes de la era electrónica, y después de haberme asomado a otro tipo de lecturas, me propuse conocer a un autor que era prácticamente el único que había despertado en mí nuevamente el arrobamiento que tuve cuando accedí al placer de la lectura en la niñez y pude solazarme con el universo fantástico desplegado por los cuentos de hadas y Las mil y una noches.
Quise conocerlo, vaya, no sólo en el sentido de abordar toda su obra, sino en el de tener un acercamiento personal con él, de hablar, de charlar de mis obsesiones en torno de sus cuentos; así fue como le manifesté, la primera vez, por teléfono, mi deseo de sostener un intercambio directo. Como en una "charla", usando este vocablo que juzgué más apropiado para el entorno argentino, se lo solicité. Me replicó que si yo quería "platicaríamos" de muchas cosas, y de tal suerte, o sea "platicando", estaríamos más a gusto, puesto que mi condición de mexicano se deslizaría con mayor comodidad para lograr mis propósitos. "Platicando", insistió, mejor que charlando o conversando, pues así es como se usa en mi tierra, según le enseñó Alfonso Reyes.
Mis propósitos no eran otros más que conocer del propio Borges si mis intuiciones de joven lector que se acercó originalmente a sus relatos eran correctas -alejado como me hallaba todavía de sus afanes críticos, pesquisidores y desmenuzadores que muchas veces despojan a la obra analizada de su real sortilegio, de su aliento narrativo y su mismísima esencia literaria-, si acaso sus lecturas iniciales incluyeron cuentos de hadas, pues de Las mil y una noches ya había dejado testimonio de su vasto conocimiento en La historia de la eternidad.
Así, sin pretensión crítica y tratando de preservar ese primer trasiego que hice de su obra, cargado como estuvo de asombro y magia, con todo candor, con toda la naiveté si es más adecuado el término (por cuanto es advertible aun dentro de la complejidad de sus arquitecturas narrativas el objeto de mis preocupaciones de esos días), quería, simplemente, confirmar si mi vislumbre era correcto.
A propósito de esta seducción que provocan sus textos narrativos -aunque lo ha dicho por escrito-, tuve la fortuna de escucharlo hablar sobre Robert Louis Stevenson, algo que en su caso se ajusta perfectamente a la medida, y fue una de las claves que me hizo entender el porqué de esa fascinación que me hizo caer rendido ante su obra: Yo comparto lo que decía Stevenson: "Un libro tiene muchas cualidades. Pero hay una sin la cual todas son inútiles. Esa cualidad es el encanto. Cuando usted lee un libro debe percibir ese encanto, y sentirse interesado". Y vaya que existe encanto en sus textos narrativos. No puedo uno sustraerse a esa ars incantatoria que se desprende de la literatura borgesiana, la misma que sólo en relatos de su paisano Bioy Casares he podido encontrar así de intensa y seductora.
Por lo demás, en el caso de sus ficciones, se cumplen a la perfección todos los requerimientos que exigen los cánones de esta clase de literatura, muy simples pero difíciles de llenar; como lo sabe cualquier lector, antes que otra cosa exige del autor una gratificación placentera; en resumidas cuentas, el deleite al leer, lo que sucintamente se clarifica en una apreciación como ésta: "La buena escritura narrativa es en su parte más elemental un acto de seducción; su objetivo es excitar. Excita curiosidad, interés, expectativas. Coquetea con el lector, estimula el apetito, está a punto de colmarlo, sólo para estimular otro apetito mayor: el apetito de más, por favor, en este mismo instante. El caso es que para descifrar ese enigma, que bien visto no lo era tanto a fin de cuentas, pasaron muchos años y tuve que sortear tantos avatares que los creía por un tiempo insuperables: la distancia entre México y Buenos Aires por principio, lo costoso del viaje y la estancia, el acceso al mismo escritor siendo un absoluto desconocido para él y sin cartas credenciales que me avalaran como digno de ser recibido por tamaña celebridad; tantas cosas, en fin, que el sueño de conocer a Borges fue, por el lapso más que prolongado, no sólo un sueño, sino como se dice coloquialmente, un sueño guajiro. "



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