De las checas de Barcelona a la Alemania nazi (fragmento)Otília Castellví

De las checas de Barcelona a la Alemania nazi (fragmento)

"Como aún no existía el inhumano predominio de los autos, se podía andar por la calle y sostener largas conversaciones en las que intercambiar opiniones que creaban cierta influencia colectiva y una especie de solidaridad de barrio. La mayoría habíamos jugado en las mismas calles donde luego, de mayores, nos sentíamos como en casa. Por entonces aún estaba muy extendida la costumbre de sacar la silla y sentarse en la calle a tomar el sol los días de fiesta en invierno y, sobre todo, a tomar el fresco las noches de verano. Allí los vecinos hablaban de toda clase de temas, pero sobre todo de política, asunto muy controvertido en aquella época en nuestro país. Los habitantes de Gracia eran en su mayoría republicanos y catalanistas, si bien pocos militaban en algún partido. Estas dos tendencias se manifestaban abiertamente e iban muy ligadas la una a la otra. Pero si algo apasionaba a los pacíficos vecinos de Gracia (y a los barceloneses en general) eran los conflictos sociales que se extendían por el mundo tras el final de la guerra en Europa.
En 1926 (cuando yo tenía dieciocho) hacía tres años que la dictadura de Primo de Rivera oprimía al pueblo catalán con todo el rigor del que era capaz. Su militarismo anti catalán era tan ofensivo para nosotros los catalanes que, por reacción lógica, jamás habíamos sentido tanta estima por nuestra tierra, nuestra bandera y nuestras costumbres. Yo, como la mayoría de jóvenes, vivía exaltada y manifestaba mi oposición y mis sentimientos contra la represión a la que estábamos sometidos. Fue entonces cuando empecé a saber por experiencia en qué consistían los enfrentamientos esporádicos con la policía. A menudo, durante manifestaciones que se hacían en las Ramblas, me atrevía a lanzar algún grito contra el dictador; había que correr para esquivar las porras.
Ningún 11 de septiembre faltaba a la cita frente al monumento de Rafael Casanova, en la Ronda San Pedro. Hacía acto de presencia y pasaba con calma frente a la estatua para dejar caer una flor con disimulo, hasta que la policía, harta de verme allí, se acercaba con actitud amenazadora. En aquel lugar todos los años había golpes y jaleo (y en ocasiones muertos y heridos). La policía no permitía que nadie se acercara al monumento, símbolo para nosotros del último catalán caído defendiendo Cataluña con las armas; además se enfrentaban a nosotros grupos de españolistas con la espalda bien cubierta por las fuerzas armadas. "



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