El rey siempre está por encima del pueblo (fragmento)Daniel Alarcón

El rey siempre está por encima del pueblo (fragmento)

"Ocurrió el año en que abandoné a mis padres, a unos cuantos amigos inútiles y a una chica a quien le gustaba decir a todos que estábamos casados, para mudarme doscientos kilómetros río abajo, a la capital. El verano había llegado a su triste final. Yo tenía diecinueve años y mi idea era trabajar en el puerto, pero cuando me presen¬té, el hombre detrás del escritorio dijo que me veía enclenque, que volviera cuando tuviera algunos músculos. Me es¬forcé por disimular mi decepción. Había soñado desde niño con irme de casa, desde que mi madre me enseñó que el río de nuestro pueblo llegaba hasta la ciudad. A pesar de las advertencias de mi padre, nunca imaginé que me rechazarían.
Alquilé una habitación en el barrio contiguo al puerto, en la casa del señor y la señora Patrice, una pareja de ancianos que habían puesto un anuncio solicitando a un estudiante como inquilino. Era gente seria y formal, y me mostraron las habitaciones de su pulcra y ordenada casa como si se tratara de la exhibición privada de un diamante. Mi cuarto sería el del fondo, me dijeron. No tenía ventanas. Luego del breve recorrido, nos sentamos en la sala a tomar el té, bajo un retrato del antiguo dictador que colgaba sobre la chimenea. Me preguntaron qué estudiaba. En aquellos días yo sólo pensaba en dinero, así que res¬pondí que estudiaba Economía. Mi respuesta les agradó. Luego me preguntaron por mis padres, y cuando les dije que habían fallecido, que me hallaba solo en el mundo, vi cómo la mano arrugada de la señora Patrice rozaba el muslo de su esposo.
Él ofreció rebajarme el alquiler, y yo acepté.
Al día siguiente, el señor Patrice me recomendó a un conocido suyo que necesitaba un cajero para su tienda. Me dijo que era un buen trabajo a medio tiempo, perfecto para un estudiante. Me contrataron. La tienda no quedaba lejos del puerto, y cuando hacía calor podía sentarme afuera, y oler el río allí donde se abría a la amplia bahía. Me bastaba con oírlo y saber que estaba allí: el rumor y el estrépito de los barcos al ser cargados y descargados me recordaban por qué me había marchado, adonde había llegado, y todos los otros lugares que aún me esperaban. Trataba de no pensar en casa y, aunque había prometido escribir, por alguna razón nunca parecía ser el momento adecuado para hacerlo. "



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