A lo largo del camino (fragmento)Julien Gracq

A lo largo del camino (fragmento)

"El ciprés: intrusión severa, violentamente contestataria, del universo de los sólidos entre la loca agitación femenina, histérica, de las hojas y de las verguetas a cada instante movidas por el viento. Aquí todo es rechazo ejemplar de la flexión. Las ramas se cierran sobre el tronco como las varillas reforzadas de un paraguas, las puntas se pegan con fuerza como los pelos de un pincel encolado. Los frutos, mineralizados, con la extraña rigidez de los fósiles, hacen pensar en minúsculos balones de fútbol de costuras estalladas, aunque a esos segmentos disjuntos que provocan a la uña ninguna fuerza puede separarlos.
El valle del Jura más agradable que conozco es el que he recorrido entre Les Rousses y Bois-d’Amont. El azul ceniciento de las lejanías donde el valle se sumerge suavemente más allá de la frontera, la nitidez de las lindes del bosque de píceas, tupido, y como lustrado, que tapiza las dos bóvedas laterales, la suavidad de las pendientes, el verde luminoso de las praderas, el rosario suelto de las casas montañesas del Jura, grises y algo toscas, pero de las que me gusta la firmeza de su asiento y la rudeza sin complacencias, el lago minúsculo, de un azul gélido, y sobre todo una modestia argentina y fresca en el bienestar que emanaba del valle cerrado, de la hierba regada, del sonido de las campanillas y del perfume del serrín nuevo, creaban, si no una imagen por completo acabada de la belleza, sí al menos de la felicidad; durante un instante, uno solamente deseaba vivir allí. Bois d’Amont, con su sementera de cubos desgranados a lo largo del valle, no es solamente la huella abandonada de un Pulgarcito de la montaña camino del bosque que lo encierra, es también un pueblo modestamente industrioso que oculta sus realizaciones tras las paredes de planchas de madera de sus cobertizos: «su vaso no es grande, pero bebe de su vaso», el de (como proclama con orgullo un panel a la entrada del pueblo) la Capital de las cajas de queso en pícea de calidad.
Una mañana de septiembre, que debía algo de su luz mojada y de su destello al diluvio tormentoso que había atravesado la tarde anterior entre Caussade y Cahors, tomé la carretera que va de Fumel a Périgueux y sigue durante bastante tiempo un valle muy recóndito que me parecía un valle perdido del Edén. No hay casas a lo largo del camino, ni granjas: un paisaje ampliamente dibujado de altos oquedales y bosquecillos crespos de nogales que recortaban unas praderas empapadas de aguas vivas; bajo las sombras alargadas, y casi azules todavía, de la mañana temprana, la distribución amplia de hierbas y de follajes era tan seductora que uno se sorprendía de no ver correr a lo largo de la carretera la barrera blanca de la cerca de un parque. Tras una curva del camino solitario, la empinada cortina de los árboles de la ladera más abrupta se abrió un instante, y un racimo de casas allí encaramadas pareció desprenderse y expandirse por el aire azul, encima de las ramas: pequeño ramo urbano, apiñado y aéreo, blandido por encima de los árboles que semejaba tanto más una aparición cuanto que sus casas con arcadas hacían pensar, más que en el Périgord, en esas villas enanas de los Apeninos y de los Abruzos que tan decorativamente cubren la cima de un pico perdido. "



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