El conde de Abranhos (fragmento)José María Eça de Queiroz

El conde de Abranhos (fragmento)

"Yo fui el testigo de su vida. Otros lo vieron en São Bento, en los ministerios, en Palacio, en el Grémio, pero sólo yo lo vi (y perdóneme usted la familiaridad) en robe de chambre y zapatillas. Todos conocen al gran hombre. Yo conozco al hombre. Junto con usted, señora condesa, a quien poco antes de morir, cuando le daba su cucharada de bromuro de potasio, él se refirió con estas palabras: «Amigo Zagalo, con la experiencia de ocho años de casado, puedo decirle que Lulú (pues en los momentos de expansión conmigo, señora condesa, era así como la llamaba; porque ante sus subalternos decía «la condesa» y ante sus iguales «doña Catarina») ha sido más que una esposa, ha sido «un bálsamo». Con ello, su ilustre marido de usted aludía a las dolorosas circunstancias de su primer matrimonio, al que solía referirse llamándolo «una plaga».
Y éstas son, señora condesa, las dos razones (el deseo de erigir en su honor un monumento espiritual y mi conocimiento íntimo de su vida) que me llevan, después de meditarlo detenidamente, a escribir esta biografía del conde de Abranhos.
De sobra sé (aunque mis escarceos literarios han sido acogidos por nuestro país con generosa recompensa) que no me sobran prendas de estilo ni de pensamiento para escribir la compleja historia del gran hombre. Para retratarlo debidamente haría falta un Plutarco, o, en tiempos más recientes, un Victor Cousin (a quien él tanto admiraba), o incluso, a día de hoy, un Herculano, un Rebelo, un Castilho; uno de esos astros que destacan en el firmamento de la Patria con perpetuo y sereno resplandor. Por otra parte, sé perfectamente que no se necesita una apoteosis biográfica para que nuestro país reconozca al hombre que perdió con el conde de Abranhos. El duelo de toda Lisboa debió de resultar muy grato a su alma. Sí, señora condesa, debió de ser muy grato a su espíritu inmortal, conducido ya a la serenidad de los elegidos, el ver acá abajo, en esta capital que tanto amaba, en estas calles que tan bien conocía, la imponente ceremonia de sus honras fúnebres: el gentilhombre que representaba a Su Majestad el Rey; el presidente del consejo que, a pesar de una firme voluntad de acero, no podía contener las lágrimas que empañaban sus ojos; la delegación de los niños del hospicio de São Cristobão, por quienes mostraba siempre el mayor interés y a los que, con aquella gracia que en las horas felices hacía encantadora su conversación, él llamaba «mis polluelos»; la delegación de las dos cámaras del Parlamento, encabezada por el portavoz de la mayoría, el maravilloso poeta de Sueños y embelesos, que me dijo estas palabras memorables que quedan para la Historia: «Venimos en nombre de la viuda…», y como yo, sorprendido, le pregunté: «¿En nombre de la señora condesa?». «¡No!—respondió el poeta—, en nombre de la Tribuna, viuda del Genio». Y, por último, cerrando el cortejo, veinte coches particulares, veinticinco de la Compañía y algunos de punto, en uno de los cuales vi con admiración a unos obreros de la sociedad La Probidad Cristiana (a la que el señor conde tanto había ayudado) que venían a rendir el último tributo al hombre que, más que nadie en Portugal, amó, protegió y educó al obrero. Allí estaban, cuatro en el mismo coche, con las chaquetas de los domingos, lágrimas en los ojos y mucha fe en el corazón, para acompañar a la sepultura a quien un día dijo en la Cámara de los Diputados (sesión de 15 de agosto, Diario del Gobierno, n.º 2758): «No podemos dar al obrero el pan en la tierra, pero obligándolo a practicar la fe, le brindamos en el cielo un banquete de luz y bienaventuranza». "



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