Armadale (fragmento)Wilkie Collins

Armadale (fragmento)

"Era el comienzo de la temporada de mil ochoscientos treinta y dos en los baños termales de Wilbad.
Las sombras de la noche comenzaban a cernirse sobre el tranquilo y pequeño pueblo alemán, y se esperaba la diligencia a cada minuto. La puerta de la posada principal permanecía abierta, a la espera de la llegada de los primeros huéspedes del año, y allí se habían reunido los tres personajes notables de Wildbad, acompañados de sus esposas-El alcalde, en representación de los habitantes; el médico, testaferro de la cualidad bienhechora de las aguas, y el propietario, en representación de su propio establecimiento. Más allá de este círculo selecto, agrupados cómodamente en la pequeña plaza situada frente a la posada, se hallaban las gentes del pueblo, mezclados aquí y allá con la gente del campo, con su pintoresco traje alemán, plácidamente expectantes ante la inminente llegada de la diligencia. Los hombres lucían chaquetas negras cortas, pantalones ajustados del mismo color y sombreros de castor de tres picos; las mujeres, con el pelo largo y rubio, trenzado por una cola gruesa, vestían modestamente faldas de lana sujetadas hábilmente en la región de los omóplatos.
A este panorama general, añadamos el perpetuo y vocinglero movimiento de niños, mientras que, misteriosamente, los músicos de los baños permanecían en un rincón perdido, a la espera de la aparición de los primeros visitantes y ofrendarles la primera canción de la temporada en forma de serenata. La luz, todavía brillante, de las noches de mayo zigzagueaba en lo alto de las colinas boscosas y el fragor de la brisa fresca anterior a la puesta de sol extendía su olor balsámico desde el primer tercio del Bosque Negro.
"Señor propietario, dijo la esposa del alcalde (usando el título arrendatario), ¿tiene usted invitados extranjeros en este primer día de la temporada?"
"Señora alcaldesa, contestó el propietario (devolviéndole el cumplido), tengo dos. Uno escribió a través de su mayordomo y otro por su propia mano, al parecer, solicitando que dispusiéramos sus habitaciones. Creo que ambos, a juzgar por sus nombres, provienen de Inglaterra. Si me pide que los pronuncie, he de admitir que mi lengua vacila, pero si me pide que los escriba, aquí están, letra por letra, primero y segundo, en su orden, tal como vienen. En primer lugar, un desconocido de alta cuna, el señor y seguidamente estas ocho letras A, r, m, a, d, a, l, e. En segundo lugar, otro desconocido de alta cuna, quien se presenta a sí mismo en cuatro letras N, e, a, l. El primero de ellos, a través de su sirviente, ha escrito en francés, y su excelencia de las cuatro letras en alemán. Las habitaciones de ambos están listas. No sé nada más. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com