Dos cautivos (fragmento)Lajos Zilahy

Dos cautivos (fragmento)

"Cubría su esbelta figura con un ligero abrigo de tono gris, un tanto usado, pero todavía elegante. El paso del joven, firme y reposado, dejaba adivinar cómo sería a los sesenta años; un caballero distinguido, alto y enjuto, que caminaría con idéntica seguridad y aplomo que ahora, si bien su espalda aparecería algo encorvada y posiblemente usaría guantes negros, pues sin duda llevaría luto por la muerte de algún familiar. Hasta era posible que con el tiempo llegara a gozar del tratamiento de «señoría», como resultado de haber conseguido el título de consejero áulico o de senador. Con su flamante título de doctor en Derecho y el empleo en la sección jurídica de un gran establecimiento bancario, ¿no tenía aún toda una vida por delante?
Trazando molinetes con su bastón, el joven remontó nuevamente la Avenida Fehérvár. A lo largo de la desierta calle, de cuando en cuando pasaban por su lado presurosas criadas vestidas con crujiente percal. En los umbrales de las puertas, los porteros fumaban tranquilamente sus pipas. Sobre la ciudad, amarillento y melancólico, se extendía el suave aburrimiento de las tardes de domingo.
Frente al Puente Isabel, en el solar donde en otro tiempo se había alzado el Baño de Fango, una valla de madera ocultaba a la gente las obras emprendidas para la construcción del nuevo Hotel Szent Gellért. El joven se aproximó a la cerca y lanzó una mirada al interior a través de una rendija de la madera. Rodeados por zanjas y trincheras, que parecían obra de una gigantesca y maléfica mano, podían verse montones de vigas de madera y tablones. Herramientas y carretillas se mezclaban en pintoresco desorden, trayendo a la imaginación una escena llena de dinamismo, ensordecedora, formada por voces imperativas, el crujir de ruedas de carros cargados de materiales, un ruido de martillazos, densas nubes de polvo levantadas por las vigas al ser descargadas, en suma, un movimiento de activo hormiguero... Pero en aquel instante todo estaba sumido en la inercia del domingo.
El joven del bastón trató de imaginar las líneas ignoradas de aquel hotel en construcción. Arriba, allí donde aún transitaban libremente el aire y el sol y revoloteaba una bandada de gorriones, muy pronto habría habitaciones, camas, alfombras; surgiría el agua de los grifos, sonarían los teléfonos; los empleados del hotel prodigarían sus reverencias; huéspedes vestidos de etiqueta descenderían por las amplias escaleras; en las blancas y soberbias bañeras, tomarían sus perfumados baños las bellas mujeres; y por los pasillos desfilarían con su aire distinguido, como si flotasen sobre una nube. "



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