El caso Maurizius (fragmento)Jakob Wassermann

El caso Maurizius (fragmento)

"Sin duda, usted no me recuerda", comienza el señor de Andergast, con tono convencional. No parece intención suya anudar el presente con el pasado, ni tampoco sondear un estado de ánimo. Con el mismo formalismo, pronuncia lentamente su nombre y su título. Maurizius, que hasta ese momento no se ha movido, levanta un poco el mentón, como si acabase de recibir un golpe. Como da la espalda a la ventana, no es posible distinguir la expresión de sus ojos, que se destacan como dos círculos negros en su rostro alargado. El señor de Andergast toma asiento en la silla y espera que Maurizius, a quien ha invitado con un ademán, se acomode en la cama. Sin embargo, éste vacila. ¿Qué le hace merecer tal distinción?, pregunta con la lengua pastosa, que hace comprender que no la emplea a menudo. El señor de Andergast está sentado, inclinado hacia adelante, con las manos cruzadas sobre sus rodillas. Sus ojos violetas han recobrado su ardor y su brillo. "Esto no puede explicarse con una sola palabra". Repite su ademán invitando al otro a que se siente y de nuevo une las manos. Un silencio. Entonces el señor de Andergast, con los ojos fijos en el suelo, dice que su visita no reviste ningún carácter oficial, que le fue inspirada por consideraciones personales. Finalmente Maurizius se sienta en la cama, prudente, como para no perder una sílaba. Ahora que la plena luz del día cae sobre él, su rostro tiene un aire espectral. Uno podría creer que por sus venas corre sangre blanca; la nariz hundida, la boca de un corte completamente atractivo, casi graciosa y duramente cerrada. Los ojos ya no son círculos negros, sino marrones, de color café, y tiene una mirada suave, persistente y triste.
"Consideraciones personales. ¿De qué índole?" El señor de Andergast prodiga toda su atención a la uña del dedo mayor de su mano derecha. Luego, con un parpadeo que expresa una sinceridad infantil (en realidad y por afectado que sea, es el parpadeo de Etzel), dice que se trata de medidas eventuales. Y Maurizius, apenas interesado, repite: "¿Medidas de qué índole?" No tiene por qué desconfiar. ¿Acaso renunció Maurizius a toda esperanza? Lentamente levanta la mano, la coloca sobre su cabeza blanca y, en ese gesto, aparece al señor de Andergast el viejo Maurizius, tal como lo vio delante suyo, con la mano en la coronilla. ¡Qué misterio el de la herencia! Las particularidades exteriores que la naturaleza ha transmitido de padre a hijo son mucho más convincentes y a menudo también más verdaderas que las particularidades morales. Maurizius contesta con vacilación, aunque con bastante firmeza, que jamás, en ningún instante, en ninguna circunstancia, abandonó la idea de una rehabilitación. El señor de Andergast hace girar un índice en torno al otro. ¿Rehabilitación? No es posible pensar en ella, a lo sumo sería a muy largo plazo. Esta posibilidad, aun existiendo, no habría provocado la entrevista de hoy; había que encarar la situación, explica, en su realidad, y para hacerlo apenas existía un solo camino. Y este camino no era practicable sino por medio de una condición, que se le unía como la línea a la caña de pescar. "Comprendo", dijo Maurizius. "Creo, efectivamente, que nos comprendemos", afirmó el señor de Andergast. Un silencio. "



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