El desierto de los tártaros (fragmento)Dino Buzzati

El desierto de los tártaros (fragmento)

"Sin embargo, esa misma noche el teniente Morel, que salía de su servicio de guardia, llevó a escondidas a Drogo al extremo de las murallas, para que pudiese ver. Un larguísimo corredor iluminado por escasos faroles acompañaba todo el despliegue de las murallas, de un límite a otro del desfiladero. De vez en cuando había una puerta; almacenes, talleres, cuerpos de guardia. Anduvieron unos ciento cincuenta metros hasta la entrada del tercer reducto. En el umbral había un centinela armado. Morel pidió hablar con el teniente Grotta, que mandaba la guardia. Así, a pesar del reglamento, pudieron entrar. Giovanni se encontró en un pequeño pasadizo de tránsito; en una pared, bajo una luz, había un cuadro con los nombres de los soldados de servicio. —Ven, ven por aquí —dijo Morel a Drogo—, más vale acabar pronto. Drogo lo siguió por una estrecha escalera que desembocaba al aire libre, sobre las escarpas del reducto. El teniente Morel le hizo un gesto al centinela que vigilaba aquel tramo, como para indicarle que las formalidades eran inútiles. Giovanni se encontró de repente asomado a las almenas del perímetro; ante él, inundado por la luz del ocaso, se hundía el valle, se abrían a sus ojos los secretos del septentrión. Una vaga palidez había aparecido en el rostro de Drogo, que miraba, petrificado. El centinela próximo se había detenido y un desmesurado silencio parecía haber descendido entre los halos del crepúsculo. Después Drogo preguntó, sin apartar la vista:
—¿Y detrás? ¿Qué hay detrás de aquellas rocas? ¿Todo igual, hasta el fondo? —Nunca lo he visto —respondió Morel—. Hay que ir al Reducto Nuevo, aquel de allá abajo, en la cima de aquel cono. Desde allí se ve toda la llanura de delante. Dicen...—y calló.
—Dicen... ¿Qué dicen? —preguntó Drogo, y una insólita inquietud temblaba en su voz.
—Dicen que son sólo piedras, una especie de desierto, piedras blancas, dicen, como si fuera nieve. "



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