El beso de la sirena (fragmento)Andrea Camilleri

El beso de la sirena (fragmento)

"Maruzza estaba de pie, apoyada en una columna de madera. Tenía dos ojos como estrellitas, la boca rojísima, como una cereza. La naricita, recta y fina, partía por el medio el pepino fresco, recién cogido, que era su carita. El pelo le llegaba hasta debajo de las caderas. La blusa era floreada, y hacía una hermosa curva a la altura del pecho. La cintura era tan estrecha que habría podido tenerla toda entre el pulgar y el índice de la mano, y de la cintura salía una falda abotonada que llegaba hasta el suelo. De debajo de la falda despuntaban los piececitos, que demostraban que era mujer y no sirena. Debía de ser cuatro o cinco dedos más alta que él. Era mejor que todas las mujeres que había visto en América. Cuando comenzó a amanecer, apagó la lámpara y siguió mirando cómo Maruzza se volvía aún más hermosa bajo la luz del sol. Se sentía embriagado, como nunca antes, como si se hubiera bebido todo el barril de cincuenta litros de vino. No tenía ganas de trabajar. Entró en casa, se miró largamente en un trozo de espejo roto y se asustó. Vio la cara de un viejo, los pelos casi blancos parecían de espadaña, la barba larga y enredada se había convertido en un nido de pájaros, las cejas iguales a dos matas de ciruelo silvestre. Y entonces el dormitorio no le pareció gran cosa, demasiado vacío, demasiado escaso; no era digno de alguien como Maruzza. Partió hacia Vigàta con la mula y el asno detrás de la mula. Guardó la fotografía en el bolsillo, pero durante toda la caminata no tuvo necesidad de sacarla, porque cada cosa que veía la veía como en transparencia, a través de la cara de Maruzza. “¡Viejo ridículo! —se dijo—. ¿Cómo se te ocurre enamorarte a los cuarenta y siete años?” Y encima se había ido a enamorar de una mujer que se creía una sirena, él, que no quería ni oír nombrar el mar. En Vigàta, ante todo, fue al salón de don Ciccio Ferrara. El barbero tardó dos horas en podarlo como a un árbol. "


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