El reflejo de las palabras (fragmento)Kader Abdolah

El reflejo de las palabras (fragmento)

"Sentado junto a la ventana de aquella habitación, uno no podía concentrarse en la lectura o en la escritura, según se lamentaba Kazem Kan, de tan cautivadoras como eran la naturaleza y las vistas. Te obligaban a dejar el libro o a guardar la pluma en el bolsillo e ir en busca de la pipa, cortar una porción del rollo de opio, colocarla en la pipa, coger con unas tenazas una brasa incandescente y luego aspirar, aspirar y volver a aspirar, y lanzar el humo en dirección a aquel panorama y quedarte mirándolo. En primer plano se veía un grupo de nogales añosos; detrás, varias hileras de granados, y al fondo, unos campos de flores amarillas y arbustos del color del opio que se entremezclaban hasta llegar al pie de la cordillera, donde se alzaba, majestuoso, el monte del Azafrán.
Si alguien pudiese escalar aquella cima tan escarpada y mantenerse de pie allí un instante, divisaría, con la ayuda de un catalejo, siempre que no hubiera niebla y aguzando la vista, el contorno de un edificio y los soldados del Ejército Rojo. Allí se encontraban la frontera y la aduana. Sin embargo, hasta aquel día en que Kazem Kan se asomó a la ventana junto a Aga Akbar, ningún aldeano había logrado coronar la cumbre.
El monte del Azafrán es conocido en todo el país no tanto por su cima prácticamente inalcanzable, sino ante todo por su importante e histórica cueva—muy renombrada en el mundo de la arqueología—, que se encuentra en el corazón de la montaña, en un lugar de difícil acceso, donde por aquella época los lobos dormían durante los crudos inviernos y parían en primavera.
Los montañeros que llegaban hasta ella escalando la pared con picos y cuerdas encontraban pelos de lobo desperdigados por todas partes y los huesos de las cabras que se habían comido.
Con un poco de suerte, quienes subían hasta allí en primavera veían en la entrada a los lobeznos aullando por sus madres.
En algún lugar profundo de esa cueva hay unas inscripciones en escritura cuneiforme de más de tres mil años de antigüedad esculpidas en la oscuridad de la pared meridional, donde el tiempo, el viento, el sol y la lluvia no llegan. Se trata de una carta dictada por el primer rey de Persia: un secreto que hasta la fecha no ha podido descifrarse.
Muy de vez en cuando, desde la ventana de la casa de Kazem Kan se veía algún jinete —un experto en escritura cuneiforme inglés, francés o norteamericano— subiendo a la cueva en burro para intentar descifrar la escritura. "



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