Diario (fragmento)Washington Irving

Diario (fragmento)

"Justo después de atardecer llegamos a Moguer. Esta pequeña ciudad, de momento aún conserva dicha categoría, está situada a una legua más o menos de Palos, de donde, según me han dicho, ha ido gradualmente absorbiendo o todos sus habitantes más importantes, de entre ellos a la familia de los Pinzones. Tan alejado está este pequeño lugar de la alborotada y bulliciosa ruta de los viajeros y tan falto de lo ostentación y de las vanaglorias de este mundo, que mi calesa, al tintinear ruidosamente por sus estrechas y mal pavimentadas calles, causó una gran sensación; los chiquillos corrían y gritaban a su lado, asombrados con los llamativos adornos de estambre y bronce, mirando con reverencia al importante visitante que llegaba en tan suntuoso vehículo. Me dirigí a la posada principal, cuyo propietario se encontraba a la puerta de la misma. Este hombre de tez clara, ojos azules y pelo rubio me pareció amabilísimo, y rápidamente se dispuso a hacer todo lo que estaba a su alcance para que yo me sintiera confortable. Solamente había una dificultad: en su establecimiento no había ni cama ni dormitorio. De hecho, aquello era únicamente una venta para muleros, los cuales acostumbran a dormir en el suelo con las mantas de las mulas como cama y los serones como almohada. La situación no era fácil al no existir otra posada mejor en la ciudad. Pocas personas son las que viajan por gusto o por curiosidad a estos lugares tan a tras mano de España, y aquéllos de cierta categoría que lo hacen, se hospedan por lo general en casas de particulares. Por mi parte he viajado lo suficiente por España como para haber llegado a la conclusión de que, después de todo, una cama no es un artículo de indispensable necesidad. Ya estaba a punto de reservarme un tranquilo rincón de la venta donde extender mi capa, cuando afortunadamente hizo su aparición la mujer del posadero. No podía tener una disposición mejor que la de su marido pero, ¡Dios bendiga a las mujeres!, ellas siempre saben cómo llevar a cabo sus propósitos.
En un momento quitaron unos trastos viejos de una pequeña habitación de dos por medio metro cuadrados, que servía de pasillo entre las cuadras y una especie de tienda-bar que había en la venta, y me aseguraron que iban a poner allí una cama para mí. De las deliberaciones que vi mantener a mi posadera con algunas de sus comadres vecinas, me di cuenta que la cama iba a ser una especie de obra comunal llevada a cabo con las aportaciones de todos a fin de acreditar el establecimiento. Tan pronto como me cambié de ropa, quise comenzar las investigaciones históricas motivo de mi viaje y pregunté por el domicilio de don Juan Hernández Pinzón. Mi servicial ventera se ofreció a llevarme y salí de la posada lleno de entusiasmo ante la idea de conocer a un descendiente directo de uno de los colaboradores de Colón.
Tras un corto paseo llegamos a una casa cuya apariencia era de lo más respetable, indicativo de una holgada, si no opulenta, situación económica. La puerta, como es habitual en los pueblos de España durante el verano, estaba completamente abierta. Entramos con el saludo o más bien con la llamada de costumbre: «Ave María». Una aseada criada andaluza nos contestó y, después de preguntarle por el dueño, nos condujo a través de un pequeño patio, situado en el centro de la casa y refrescado por una fuente rodeada de flores, a una terraza trasera también llena de flores, donde don Juan Hernández estaba sentado con su familia, al fresco y disfrutando de aquella serena tarde. "



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