El rebaño (fragmento)Octave Mirbeau

El rebaño (fragmento)

"Hablábamos la otra noche de las pequeñas manifestaciones a que se entregan los estudiantes de Bélgica a causa del proyecto de ley escolar. A decir del que nos contaba los diversos episodios, era algo imponente y el gobierno se vería obligado a reflexionar y, tal vez, a retroceder. En Gante, sobre todo, la manifestación tomaba un carácter admirable. Las bandadas de estudiantes recorrían las calles llevando una bandera con esta heroica inscripción: "¡Librepensadores, la libertad de conciencia está amenazada, de pie todos!" En otra bandera, esta altiva y corneliana declaración en forma de alejandrino: "¡Queremos ser instruidos y no cretinizados!" ¡Valientes muchachos! Y mientras el narrador acumulaba los detalles conmovedores de estas bellas jornadas y se entusiasmaba con las nobles reivindicaciones de los estudiantes belgas, yo, por una asociación de ideas cuya filiación no tengo necesidad de explicar, pensaba en la mordaz y justa sátira que en los "Odeurs de París" Louis Veuillot consagra a Henry Murger, a la pobreza de su literatura, al desorden de su vida, y recordé esta anécdota que la termina.
Murger agonizaba. Avisado por unos vecinos, se presentó un sacerdote en casa del cancionero de Mussette, con la pretensión de confesarle. Murger, que había oído, intentó incorporarse sobre su lecho de muerte, y con voz firme por un supremo esfuerzo de vanidad de "cabotin", dijo a los amigos que lloraban a la cabecera: "Decidle que he leído a Voltaire".
Y Veuillot agrega tristemente: "¡Pobre joven, tú no has leído más que a Abont!" Un amable poeta belga, que estaba entre nosotros, interrumpió las reflexiones que me iban sugiriendo las manifestaciones estudiantiles, diciéndonos: -Gante tiene entre nosotros la especialidad de los motines extraños. Tal vez recordaréis los que hace tres años se produjeron en Bélgica. La causa, a decir verdad, era un poco cómica. El pueblo belga reclamaba el sufragio universal.
También él querría ser soberano, dictar voluntades, hablar como un amo. Este deseo le había asaltado de repente, no se sabe por qué. Tenía ya un rey constitucional y, sin duda, consideraba que esto no era bastante para su felicidad. Quería otros reyes, reyes vestidos de paisano, y los quería elegidos por él mismo. "



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