Deseo (fragmento)Liam O'Flaherty

Deseo (fragmento)

"Un rayo de sol se extendía por el suelo a unos diez metros de él. Llegaba a través de una alta puertaventana, completamente abierta, que daba al jardín. El hermoso rayo estaba suspenso en el aire, y caía desde el techo al suelo, como si fuera una cortina de seda en la que resplandecían miles y miles de joyas.
Sin advertir lo pequeño de su cuerpo, contempló esta maravilla durante un minuto, mientras un ancho arroyo de agüilla le goteaba de la boca sobre el babero atado bajo su cuello. Luego, la codicia de aquel objeto le produjo un estertor en la garganta. Alargó su mano derecha para alcanzar la resplandeciente belleza. Cuando cerró con vehemencia los pequeños dedos, estos no cogieron sino el aire vacío. Perdió el equilibrio y después cayó de costado.
Sin embargo, el repentino impacto contra el duro suelo no le produjo ahora ganas de gritar. Sentía tanto arrobo al contemplar la cortina de joyas, con los grandes ojos abiertos, que no prestó ninguna atención al dolor. Se quedó así frente al prodigio, hasta que se fortaleció tanto su deseo que ya lo único que quería era satisfacerlo. Empezó a codiciar, con cuerpo y alma, asir firmemente la belleza aquella. Se levantó él solo sobre sus manos y rodillas, con un gran esfuerzo de voluntad y energías. Sacó duramente la mandíbula inferior y avanzó con vehemencia hacia la cortina de luz.
Nunca antes había probado a gatear. Fue por eso que al punto sintió un intensísimo dolor en las extremidades. Su corazón empezó a latir aceleradamente. El desacostumbrado ejercicio le hizo marearse. No había dado ni unos dos pasos cuando sus brazos no pudieron soportar ya más el peso de su cuerpo. Cayó de bruces sobre el estómago.
Se le ocurrió que era el momento de dar otro grito para pedir auxilio. Abrió la boca, pero ningún sonido salió de su garganta. Su deseo era más fuerte que su aflicción. Extendió las manos, agarró firmemente la alfombra y tiró de su cuerpo hacia adelante otro gran trecho, acercándose a la cortina milagrosa. Después se concedió un descanso durante un rato, hasta que el afán volvió a atacar y sintió la necesidad de alzarse del suelo para seguir gateando. Avanzó cuatro pasos en este intento, de una sola y descomunal acometida. Cuando cayó, se había quedado completamente sin aliento. Sus brazos y sus piernas se estremecían de dolor. "



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