Diecinueve de julio (fragmento)Ignacio Agustí

Diecinueve de julio (fragmento)

"Hay algo en las ciudades que despierta al margen de sus personajes. Hay algo que se yergue sin pereza y sin titubeos: la piedra. Inmóvil, severa, igual e inmutable, vestida de su túnica chorreante de musgos y de líquenes, la vieja piedra estaba de nuevo allí, llena de escondidos humores... Las cornisas, los aleros, los desvanes más altos, los palomares, la punta de los campanarios y la boca un poco inclinada de las chimeneas, todo había despertado de golpe saltando al nuevo día. El primer tacto del sol la había bañado con una luz rosada. Esa leve pincelada desveló de pronto a un sinfín de rumores. Fue un ajetreo de pies que se hurtaban, que empezaban a pisar pasillos y desvanes.
Unos pasos a tientas por oscuras alcobas, un rumor de tanteos y tactos indecisos para abrir los postigos, una expansión de haces claros. Ese paso decisivo de la luz, precavida, huidiza y tibia, dobló con tenuidad el esbelto tronco de las palmeras de las plazas ilustres, dotándolas de nuevo de la entereza singular que las llevaba al cielo; el haz de luz hizo vacilar un instante el trinquete de los veleros en el puerto y cerró de un trazo la mancha diminuta del farol de la escotilla, a cuyo pie dormían el viejo marinero y su mastín. En lo alto de las ventanas del mirador, en la plaza del Rey, garabateó sombras y luces en la románica colmena del mirador y lanzó al día un brusco puñado de palomos. En la ladera de Montjuic reverberó el orín de las grandes fuentes plateadas. Más allá, la planicie brillaba a la luz primeriza; en caminos y vertientes se adivinaba la pulpa gris de la primera cosecha naciente, la insolencia de los sembrados, el petulante enrejado del maíz que se balanceaba a la brisa.
La luz del día había ido descendiendo, entró de un piso a otro, palmo a palmo; desveló primero a los más altos. Lentos soplos de humo empezaban a coronar la humilde torrecilla de las chimeneas domésticas. En las cocinas y en las despensas se oía un difuso rumor de peroles y cazos. Una tosecilla seca se escapaba de las gargantas ante la injuria del carbón mojado que se resistía a arder; y era preciso abrir las ventanas para airear los efectos del mugriento abanico de esparto, sacudido con fuerza ante los ventanucos de loza ahítos de ceniza, para que se cociera la leche pastosa hasta abombarse y estallar. Toda la ciudad llevaba ya encima, en sus flancos, en sus entresijos, la arrogante aureola de su luz.
Por un instante —tan abstraído estaba— casi no reconoció a Josefina; se volvió sorprendido, al aviso de un simple rumor. La verdad es que la figura de su sirvienta, cada una de sus actitudes y de sus ademanes le eran tan propios, al cabo de los años, que en ella estaba su mismo reflejo como una prolongación usual de su yo. Josefina estaba de pie, parada contra el quicio de la puerta, que acababa de abrir después de haber golpeado en ella con los nudillos, y le miraba en silencio y con reproche.
—Parece imposible que no tenga más conocimiento —regañó—. A estas horas de la mañana y levantado ya. Debe acostarse y esperar a que le entre el desayuno. ¡Qué contrasentido! Era ya una hora tardía y avanzada para él.
Una sonrisa mansa y conformada asomó al rostro del fabricante. Debía obedecer. No le disgustaba, al contrario. Le conmovía sentirse ahora dominado por aquella mujer que se había erigido cabalmente en la guardiana de su salud y en el centro de su vida declinante. Mas luego refunfuñó; se resignó a obedecer sólo a medias. Cuando entró Josefina con el desayuno lo encontró en el butacón, sentado con abandono.
Era haber hecho una pausa en la vida muy cerca de la muerte; haberse parado a descansar y que le sorprendiera el sueño. Porque nunca hay tiempo para nada; es preciso que nos azoten y nos derriben, como bravos luchadores, para que podamos volver a envejecer nuevamente y con sufrimiento. "



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