El evangelio según Pilatos (fragmento)Éric-Emmanuel Schmitt

El evangelio según Pilatos (fragmento)

"No era muy preciso, pero era tranquilizador. De vez en cuando, sobre los torbellinos en fusión, me parecía ver otra idea: que existimos, después de esta vida, en función de lo que fue esta vida; que el justo perdura en un buen recuerdo; que el perverso desaparece en su peor recuerdo, eternamente. Pero, en cuanto intentaba acercarme a ella, la idea huía, rápida, volátil. Sin embargo, todos mis viajes me confirmaban que no había nada que temer y que, definitivamente, la muerte no podía ser más que una agradable sorpresa.
Jerusalén se había convertido en el nombre de mi desvelo. El nombre de mi destino. El lugar de mi muerte. Debía terminar mi predicación en Jerusalén.
Como todo buen judío, había ido varias veces durante la Pascua, aunque por poco tiempo. Ahora debía pensar en quedarme allí. Nos pusimos en camino.
No podía ocultarme la verdad: yo estaba cambiando. En mi corazón, con demasiada frecuencia, se infiltraban la amargura y el reproche. Yo, que era todo amor, me volvía áspero, impaciente, irritable. Aunque no hay nada que aprecie tanto como la dulzura, era capaz de insultar con saña a mis adversarios. Cuando lo que deseaba era anunciar la buena nueva, la llegada del Reino, mi lengua se retorcía en mi retórica y me oía amenazar, vociferar, prometer los peores castigos en nombre de Dios. En otros momentos, queriendo ensalzar a la humanidad, sin embargo no podía evitar, al pasar delante de las beatas que encendían cuidadosamente sus candelabros para la fiesta del Tabernáculo, gritarles de forma provocadora: "¡Yo y sólo yo soy la luz!". Enseguida lo lamentaba, y mi madre, en mitad de la noche, para tranquilizar mi espíritu, me abrazaba contra ella y me decía que este desconcierto era la fatiga de la esperanza. "



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