Dos cazadores negros (fragmento)Brigitte Kronauer

Dos cazadores negros (fragmento)

"¿Acaso no la escucha? Está sentado un poco más bajo que ella, la silla de la mujer se encuentra sobre un peldaño de madera. Una pequeña rampa asciende hacia ella y desciende hacia él, hacia el nivel normal del piso. Seguro es un buen deportista, debe entrenar con frecuencia, se le nota cuando comienza a levantarse, a pesar de esas primeras canas que usted puede observar en la parte superior de su cabeza. Él apoya su frente en el brazo desnudo de la mujer. ¿No produce un cierto efecto de involuntario arrepentimiento?
Al quitar la mirada de la ventana, tampoco a la mujer se le escapa el gris entre lo negro. Le toca los mechones con la mano libre. En un primer momento, había querido pasar todos sus dedos bruscamente por entre los espesos rulos. Pero luego cambia de parecer a mitad del movimiento y el cambio de rumbo, que la sorprende, le parece algo serio. Afligida, comienza a sonreír, juguetea con mucho cuidado con uno que otro pelo. También usted se preguntará si tamaña precaución no es exagerada y, por supuesto, si no será que la mujer juega en realidad con recuerdos, y si no serán sus recuerdos los que ella cuenta pensativa, separándolos según sus distintas tonalidades. Las vetas, al parecer, son algo nuevo para ella. El pelo en sí no lo es. Conoce todos sus remolinos. Su triste sonrisa permanece oculta.
-El retorno del hijo perdido -susurra la mujer finalmente, haciendo un gran esfuerzo, especialmente el tono de burla le ha costado mucho trabajo. El hombre sigue aún sin decir nada, no se mueve. Entonces, la mujer toma un cuchillo de la repisa de la ventana.
Por etapas, inspecciona su rostro en el reflejo de la hoja. ¿No se pondrá a llorar, o sí? Para prevenirlo, murmura para sí: Mis manos se han vuelto verdaderas lagartijas. Esa es una brutalidad casi imposible de deshacer, por lo que, con un diminuto vestigio de esperanza, agrega la frase seductora: Debería esconderlas en unos guantes.
Entonces, él alza la cabeza, volviendo realmente en sí. ¡Lo recuerda! Él le sonríe:
-¡Helena!
-Bueno, sí -susurra la mujer y, mire usted con atención, se sonroja un poco. Él se concentra, inflando de esa forma tan singular, igual que antes, la parte superior de la mejilla. Como antes, coloca, de acuerdo a sus principios, la cucharita de café sobre el mantel y pone la taza siempre junto al plato. Una suerte de sed de libertad, quizás. "



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