El infierno (fragmento)Henri Barbusse

El infierno (fragmento)

"...¿Y yo? Yo, soy un hombre como los otros, al igual que este crepúsculo es un crepúsculo como los otros.
Desde esta mañana viajo; la prisa, las formalidades, los equipajes, el tren, el aliento de los distintos pueblos.
Ahí hay un asiento; me derrumbo en él. Todo se vuelve más tranquilo y suave.
Mi traslado definitivo de la provincia a París marca una gran etapa en mi vida. He logrado un empleo en la banca. Mi vida va a cambiar. Y por causa de ese cambio esta noche me alejo de mis pensamientos habituales y pienso en mí.
Tengo treinta años; los cumpliré el primer día del mes próximo. Perdí a mi padre ya mi madre hace dieciocho o veinte años. Ese acontecimiento es ya tan lejano que resulta insignificante, no tengo hijos y no los tendré. Hay momentos en que esto me perturba: cuando pienso que conmigo terminará un linaje tan antiguo como la humanidad.
¿Soy feliz? Sí; no tengo aflicciones, ni nostalgias, ni deseos complicados; por lo tanto, soy feliz. Recuerdo que cuando era niño tenía esas revelaciones de sentimientos, enternecimientos místicos, un gusto enfermizo por encerrarme a solas con mi pasado. Me otorgaba a mí mismo una importancia excepcional; ¡llegaba a pensar que era más que los otros! Pero esto se ha ido ahogando poco a poco en la nada positiva de los días.
Y ahora estoy aquí.
Me inclino en mi asiento para estar más cerca del espejo y me miro con atención.
Más bien pequeño, de aspecto reservado (aunque tenga mis momentos de exuberancia); correcto en el vestir; en mi personaje exterior no hay nada reprochable ni llamativo.
Miro de cerca mis ojos que son verdes aunque por una aberración inexplicable generalmente se los considere negros.
Creo confusamente en muchas cosas; antes que nada, en la existencia de Dios aunque no en los dogmas de la religión; aunque tengan sus ventajas para los humildes y para las mujeres, que tienen un cerebro más pequeño que el de los hombres.
En cuanto a las discusiones filosóficas las considero absolutamente vanas. Nada podemos controlar o verificar. La verdad, ¿qué quiere decir eso?
Tengo el sentido del bien y del mal; aunque estuviera seguro de la impunidad no cometería una falta de delicadeza. Tampoco podría admitir la menor exageración en lo que fuese.
Si todos fueran como yo, todo andaría bien.
Ya es tarde. Hoy no haré nada más. Me quedo sentado mientras se pierde el día, frente a un ángulo del espejo. Distingo en la decoración que empieza a invadir la penumbra, el modelado de mi frente, el óvalo de mi cara y bajo mis párpados que pestañean, mi mirada, por la cual entro en mí como en una tumba.
La fatiga, el tiempo desapacible (oigo la lluvia en la noche), la oscuridad que aumenta mi soledad me agiganta a pesar de todos mis esfuerzos y algo más, no sé qué, me entristecen. Y me molesta estar triste. Reacciono. ¿Qué pasa? Nada. Sólo estoy yo.
No estoy solo en la vida como lo estoy esta noche. El amor toma para mí el rostro y los gestos de Josette. Hace mucho que estamos juntos; hace mucho tiempo que en la trastienda de la casa de modas en la que trabaja en Tours, al ver que me sonreía con singular persistencia, le tomé la cabeza, la besé en la boca y bruscamente me di cuenta de que la amaba.
Ya no recuerdo demasiado bien la extraña felicidad que sentíamos en desnudarnos. Es verdad que aún hay momentos en que la deseo con tanto enloquecimiento como la primera vez; sobre todo cuando no está. Cuando está a mi lado hay momentos que siento rechazo.
Volveremos a vernos allá, en las vacaciones. Si nos atreviéramos... podríamos contar los días que nos veremos antes de morir.
¡Morir! Decididamente, la idea de la muerte es la más importante de todas las ideas.
Un día me moriré. ¿Lo he pensado alguna vez? Recuerdo. No, nunca lo pensé. No puedo. Al igual que no puede mirarse el sol fijamente no se puede mirar cara a cara el destino aunque sea gris.
Y la noche llega como llegarán todas las noches hasta aquella que será inmensa. "



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