El crimen perfecto (fragmento)Jean Baudrillard

El crimen perfecto (fragmento)

"Esto ilustra al mismo tiempo la situación sin salida de la diferencia. El problema de la diferencia es irresoluble debido a que los términos enfrentados no son diferentes, sino incomparables. Los términos que estamos acostumbrados a enfrentar son mera y simplemente incompatibles, lo que hace que el concepto de diferencia carezca de sentido. Así, lo Femenino y lo Masculino son dos términos incomparables, y, si en el fondo no existe diferencia sexual, se debe a que los dos sexos no son enfrentables. Esto vale para todas las oposiciones tradicionales. Cabe decir lo mismo del Bien y el Mal. No están en un mismo plano, y su oposición es un señuelo. Lo malo es precisamente la extrañeza, la impermeabilidad radical del Bien y el Mal, que hace que no exista reconciliación, ni superación, ni, por tanto, solución ética al problema de su oposición. La alteridad inexorable del Mal cruza la eclíptica de la moral. Le ocurre lo mismo a la libertad enfrentada a la información, leitmotiv de nuestra ética mediática: ese conflicto es un falso conflicto, debido a que no existe una auténtica confrontación, ya que los dos términos no están en un mismo plano. No hay una ética de la información. Lo que define la alteridad no es que los dos términos no sean identificables, sino que no sean enfrentables entre sí. La alteridad pertenece al orden de las cosas incomparables. No es intercambiable según una equivalencia general, no es negociable, pero circula en las formas de la complicidad y de la relación dual, tanto en la seducción como en la guerra, Ni siquiera se opone a la identidad: juega con ella, de la misma manera que la ilusión no se opone a lo real sino que juega con ello, de la misma manera que el simulacro no se opone a la verdad sino que juega con la verdad —más allá, por tanto, de lo verdadero y de lo falso, más allá de la diferencia—, de la misma manera que lo femenino no se opone a lo masculino sino que juega con lo masculino, en algún lugar más allá de la diferencia sexual. Los dos términos no se contraponen: el segundo juega siempre con el primero. El segundo siempre es una realidad más sutil que rodea al primero con el signo de su desaparición. Todo el esfuerzo consistiría en reducir este principio antagónico, esta incompatibilidad, a una simple diferencia, a un juego de oposición bien templado, a una negociación de la identidad y de la diferencia en lugar de la alteridad robada. Todo lo que se pretende singular e incomparable, y no entra en el juego de la diferencia, debe ser exterminado, bien físicamente, bien por integración en el juego diferencial, donde todas las singularidades se desvanecen en el campo universal. Es lo que ocurre con las culturas primitivas: sus mitos han pasado a ser comparables bajo el signo del análisis estructural. Sus signos han pasado a ser intercambiables a la sombra de una cultura universal, a cambio de su derecho a la diferencia. Negados por el racismo, o arrasados por el culturalismo diferencial, significaba en cualquier caso para ellos la solución final. Lo peor está en esta reconciliación de todas las formas antagónicas bajo el signo del consenso y de la buena convivencia. No hay que reconciliar nada. Hay que mantener abiertas la alteridad de las formas, la disparidad de los términos, hay que mantener vivas las formas de lo irreductible." "De la seducción" Fragmento: "Una sola noche —se ha acabado todo: «No deseo verla nunca más.» Ha dado todo, está perdida, como esas innumerables heroínas vírgenes de la mitología griega transformadas en flores por un destino segundo donde reencuentran una gracia vegetativa y fúnebre, eco de la gracia seductora de su primer destino. Pero, añade el seductor de Kierkegaard con crueldad, «ya no estamos en los tiempos en que la pena de una joven abandonada la transformaba en heliotropo». Y, de una manera aún más cruel e inesperada: «Si fuera un dios haría lo que hizo Neptuno por una ninfa: la transformaría en hombre.» Es decir, que la mujer no existe. Sólo existe la joven, por lo sublime de su estado, y el hombre, por su fuerza para destruirla. Pero la pasión mítica de la seducción no deja de ser irónica. Se corona de un último rasgo melancólico: la última puesta en escena de la casa que será el decorado del abandono amoroso. Momento de suspenso en el que el seductor reúne todos los trazos esparcidos de su estrategia y los contempla una última vez antes de morir. Lo que habría debido ser un decorado triunfal ya no es sino el paraje melancólico de una historia difunta. Todo está en él reconstituido a fin de captar de improviso la imaginación de Cordelia en el último momento en que cae su destino: el gabinete donde se encontraban, con el mismo sofá, la misma lámpara, la misma mesa de té, tal como todo eso había «estado a punto de ser» antes, y tal como es aquí, con un parecido definitivo. Sobre el piano abierto, sobre el musiquero, el mismo airecillo sueco — Cordelia entrará por la puerta del fondo, todo está previsto, descubrirá el resumen de todas las escenas vividas juntos. La ilusión es perfecta. De hecho, el juego ha acabado, pero es el colmo irónico del seductor el reunir todos los hilos que ha tramado desde el principio en una especie de fuego artificial (es la ocasión de decirlo)que es también la oración fúnebre y paródica del amor coronado. Cordelia no volverá a aparecer más, salvo en algunas cartas desesperadas que abren el relato, e incluso esa desesperación es extraña. Ni exactamente engañada ni exactamente desposeída por su deseo, sino espiritualmente desviada por un juego cuya regla no ha conocido. Hechizada como por un sortilegio — la impresión de haber sido sin saberlo la prenda de una maquinación muy íntima, en una maquinación mucho más aniquiladora, en un rapto espiritual: en efecto, es su propia seducción la que le ha sido robada y vuelta en contra de ella. Destino sin nombre, del que resulta un estupor que es diferente a la simple desesperación. "


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