De la seducción (fragmento)Jean Baudrillard

De la seducción (fragmento)

"Una sola noche —se ha acabado todo: «No deseo verla nunca más.» Ha dado todo, está perdida, como esas innumerables heroínas vírgenes de la mitología griega transformadas en flores por un destino segundo donde reencuentran una gracia vegetativa y fúnebre, eco de la gracia seductora de su primer destino. Pero, añade el seductor de Kierkegaard con crueldad, «ya no estamos en los tiempos en que la pena de una joven abandonada la transformaba en heliotropo». Y, de una manera aún más cruel e inesperada: «Si fuera un dios haría lo que hizo Neptuno por una ninfa: la transformaría en hombre.» Es decir, que la mujer no existe. Sólo existe la joven, por lo sublime de su estado, y el hombre, por su fuerza para destruirla.
Pero la pasión mítica de la seducción no deja de ser irónica. Se corona de un último rasgo melancólico: la última puesta en escena de la casa que será el decorado del abandono amoroso. Momento de suspenso en el que el seductor reúne todos los trazos esparcidos de su estrategia y los contempla una última vez antes de morir. Lo que habría debido ser un decorado triunfal ya no es sino el paraje melancólico de una historia difunta. Todo está en él reconstituido a fin de captar de improviso la imaginación de Cordelia en el último momento en que cae su destino: el gabinete donde se encontraban, con el mismo sofá, la misma lámpara, la misma mesa de té, tal como todo eso había «estado a punto de ser» antes, y tal como es aquí, con un parecido definitivo. Sobre el piano abierto, sobre el musiquero, el mismo airecillo sueco — Cordelia entrará por la puerta del fondo, todo está previsto, descubrirá el resumen de todas las escenas vividas juntos. La ilusión es perfecta. De hecho, el juego ha acabado, pero es el colmo irónico del seductor el reunir todos los hilos que ha tramado desde el principio en una especie de fuego artificial (es la ocasión de decirlo)que es también la oración fúnebre y paródica del amor coronado.
Cordelia no volverá a aparecer más, salvo en algunas cartas desesperadas que abren el relato, e incluso esa desesperación es extraña. Ni exactamente engañada ni exactamente desposeída por su deseo, sino espiritualmente desviada por un juego cuya regla no ha conocido. Hechizada como por un sortilegio — la impresión de haber sido sin saberlo la prenda de una maquinación muy íntima, en una maquinación mucho más aniquiladora, en un rapto espiritual: en efecto, es su propia seducción la que le ha sido robada y vuelta en contra de ella. Destino sin nombre, del que resulta un estupor que es diferente a la simple desesperación. "



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