El principio de esperanza (fragmento)Ernst Bloch

El principio de esperanza (fragmento)

"Mientras se duerme, el cuerpo está oscurecido; sólo despierto se le percibe. El cuerpo se percibe a sí mismo primeramente en la sensación del «cómo uno se siente»; lo que aquí se perciben son simplemente estados corporales. Y se perciben sólo confusos, difusamente, no referidos a un lugar especial del cuerpo o a una especie de dolor o de placer corporales. Hay un sentirse flojo, enfermo o sano, un bienestar y un malestar, pero, sin embargo, siempre de modo completamente general; un claro dolor de estómago o una sensación específica de placer, bien en la lengua o en zonas erógenas, se diferencian en seguida de esta generalidad. Y el sentirse no es tan «caprichoso» como el estado de ánimo, porque no está compuesto como éste de una mezcla de sentimientos instintivos o afectos. El «sentirse» sólo encierra en sí el curso de los procesos corporales, especialmente sensaciones viscerales, y sensaciones más o menos subconscientes de la circulación sanguínea, pero no todavía sensaciones de afectos con un yo detrás.
Esto diferencia el sentimiento más orgánico del «sentirse» del sentimiento, mucho más referido al yo, del «estado de ánimo»; en un caso, el sentimiento difuso que anuncia sensibilidades orgánicas; en otro, el sentimiento difuso que reproduce afectos, en los que el hombre se sume caprichosamente. El «sentirse» se asemeja a un murmullo, que, como todo ruido, surge por la mezcla de muchos tonos naturales que se suceden irregularmente. El «estado de ánimo» se asemeja a la confusión de sonidos de una orquesta que, antes de dar comienzo a una obra, toca algunos pasajes fragmentaria y simultáneamente: no tonos naturales, sino tonos que tienen detrás de sí un yo músico y compositor. El estado de ánimo no posee tampoco un «tono de fondo» tan sordo y subterráneo como el «sentirse», sino que su «tono de fondo» es ondulante, cambiante como el tiempo, atmosférico, y puede oscilar entre extremos («infinitamente alegre, triste hasta la desesperación») con una rapidez que el «sentirse» no conoce. Y además, todo estado de ánimo se caracteriza por una amplitud peculiar, que recuerda a la expansión de productos aromáticos. Th. Lipps subrayaba precisamente esta amplitud, ajena al «asentirse» corporal; en el caso de la «alegría», por ejemplo, anotaba a la perceptible expansión del placer por una vivencia, hasta llegar a un estado de ánimo más o menos amplio que abarca toda la vida psíquica» (Leitfaden der Psychologie, 1903, pág. 271). O bien, en una exposición más reciente (que, desde luego, no se arrastra al nivel de la nueva manía de los estados de ánimos existenciales a la Bollnozv): «El estado de ánimo es el fundamento atmosférico relativamente más persistente de nuestro sentimiento vital, sobre el que se alzan con coloración especial las cambiantes percepciones que empapan nuestras representaciones y nuestro comportamiento» (Lersch: Der Aufbau des Charakters, 1948, pág. 41). Por razón de esta su naturaleza total, de amplitud atmosférica y, a la vez, difusa, el sentimiento del estado de ánimo se extiende incluso más allá del yo al que afecta primariamente.
Una habitación, un paisaje, parecen tener un «estado de ánimo», y también aquí tanto más decididamente cuanto más indeciso, es decir, difuso, sea el estado afectivo que lo contempla. El claro mediodía es, por eso, poco apropiado para ello, más la mañana, y mejor todavía la caída de la tarde; conocido es el estado de ánimo de la tormenta próxima, que, desde luego, barre el primer relámpago. Menos apropiados son simples objetos de grandes dimensiones, como, p. ej., el mar; mejor, en cambio, los difíciles de abarcar distintamente, como el bosque. "



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