El ateísmo en el cristianismo (fragmento)Ernst Bloch

El ateísmo en el cristianismo (fragmento)

"Nosotros mismos todavía no hemos salido nunca de nosotros y estamos aquí. En nosotros somos todavía oscuridad, no sólo por causa del aquí y ahora -demasiado próximos e inmediatos- en el que todos nos encontramos, sino que mientras nos desgarramos mutuamente, como ningún animal lo hace contra su especie, somos ocultamente peligrosos. Y mientras igualmente estamos todavía totalmente ocultos en nosotros en demasiadas otras cosas, todavía no alumbradas, estamos incompletos como ningún otro ser vivo, nos encontramos todavía abiertos hacia adelante. Colaborando también en el frente más avanzado, con algo que todavía está llegando.
Así, a la vez, siempre nos acercamos desde adelante, fermentando. Pues lo que comienza, aunque sea como un fluido, comienza porque sencillamente todavía no había comenzado. Y esto porque a partir de lo humano que somos al frente, para todos y para todo, sólo escasamente ha sido alumbrado el adónde y sólo muy tentativamente el para qué. Por ello hay un paso adelante, sin embargo con frecuencia vacilante, que constantemente debe ser equilibrado. Y esto precisamente cuando el objetivo de llegar a ser para sí, aparece claramente ante los ojos. Últimamente en relación con nuestro rostro descubierto: una señal de nuestra buena causa se llamaba y se llama Jesús. Asimismo éste tampoco ha surgido todavía de su fermentación y de su itinerario; sin embargo, se halla vinculado como ninguna otra cosa a los hombres y permanece con ellos. Ciertamente como la señal más suave, pero a la vez más abrasadora, la que nos resuelve máximamente, la que máximamente nos fuerza. Pues de la otra manera, absolutamente mojigata, que durante tanto tiempo era la habitual, nunca habría brotado ningún vástago, ningún "Yo soy eso", sino únicamente el consabido arrullar. Pero cuando este Jesús nos quiere llamar por el nombre, cuando lo conoce, entonces es otra cosa lo que se plantea y establece. Este despertar puede ser suave: sin embargo, siempre sacude, produce novedad.
Por naturaleza existen corderos que se doblegan fácilmente y además con placer. Ello radica en su talante, a éstos no les ha predicado Jesús de manera violenta, según se dice en la Escritura. Jamás y en absoluto fue él dulce, como piensan los gansos suaves, y sobre todo como lo preparan los lobos para las ovejas, con la intención de que éstas lo sean doblemente. Su supuesto Pastor es presentado tan tranquilo, tan ilimitadamente paciente, como si realmente no hubiera sido ninguna otra cosa. El fundador, pues, debería haberlo sido desprovisto de toda pasión; pero poseía una de las más fuertes: la ira. Así, a los cambistas les volcó las mesas en el Templo, ni siquiera olvidó allí el látigo. Jesús sólo es paciente cuando se trata del tranquilo círculo de los suyos, parece que no ama en absoluto a los enemigos de éstos. El Sermón de la Montaña no trata de excitar a los hombres unos contra otros, por razón de Cristo, ni como si Jesús, cual fanático, hubiera recomendado esto a sus discípulos (Mt 10,35). El Sermón de la Montaña, con su bienaventuranza de los mansos, de los pacíficos, no se refiere a los días de combate, sino al fin de los días, que Jesús creía cercano conforme a la predicación del mandeo Juan; y así se explica la relación vigente, quiliástica inmediata, el Reino de los Cielos (Mt 5,3). "



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