El espejo negro (fragmento)Alfonso Domingo

El espejo negro (fragmento)

"Me enviaron a París. Se sentía cada vez más cercana la guerra cuando llegué en el tren, con dos compañeros y el mandato del comité responsable, con el objetivo de conseguir recursos y adquirir pasajes para que muchos camaradas pudieran embarcarse camino del exilio.
Allí tenía conocidos de la época en la que militaba en la bohème y fregaba platos en un restaurante. Durante meses resolvimos lo que pudimos con las divisas que teníamos. Después utilizamos las hoyas y las obras de arte requisadas, no muchas, que habíamos podido sacar de España.
Me repugnaba todo lo que tuviera que ver con el tráfico artístico, lleno de arribistas, especuladores, gente sin escrúpulos, que sólo veían en las telas los dibujos del negocio, opacos al arte, incapaces de admirar la belleza. En esto, desde luego, se parecían a algunos de mis camaradas de la guerra, a los cuales aquellos cuadros de santos, vírgenes, escenas bucólicas o mitológicas, no les decían nada.
-Si nos sirve para comprar armas y luchar contra los fascistas, bienvenido será ese dinero.
Yo me había desgañitado discutiendo con comités de requisa, con los responsables de las incautaciones. Sólo algunos eran sensibles al hecho de que era arte que el pueblo merecía disfrutar. Si había sido realizado por los pintores, gente con oficio, para disfrute de los exquisitos. En aquellas obras también estaban representados nuestros antepasados, nuestros congéneres, los obreros, campesinos, criados, todos aquellos personajes que acompañaban a las figuras centrales.
París había cambiado, no era la misma ciudad que cuatro años atrás. También era posible que yo hubiera cambiado bastante en ese intervalo. Poco quedaba de la bohemia, la que yo conocí, tan joven, a los veinte años, uno antes de la Guerra Civil. Había ido a aprender con una beca del Gobierno y los ahorros de mis padres, maestros con inquietudes y ganas de cambiar un país injusto. La formación era el único lujo de mi familia. Antes de Francia pasé un curso en Alemania, pero Berlín no me encandiló. Me deslumbraba más París y su ambiente intelectual, donde, como muchos de mi generación, suponía que estaba la cuna del arte. Pero allí, aparte de los museos, apenas pude disfrutar del ambiente bohemio. Cuando me di cuenta, había gastado como un novato todos mis recursos invitando a cafés y almuerzos. No tuve más remedio que ponerme a trabajar en el mercado de Les Halles y lavar platos en un restaurante, hasta que reuní lo suficiente para regresar, evaporado el sueño del gran París. "



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