El amor es un pájaro rebelde (fragmento)Marco Denevi

El amor es un pájaro rebelde (fragmento)

"Pronto la Artemisa de Éfeso se transformó en la Venus de Cíteres, y el mortuorio caserón pareció todos los días de fiesta, el Pasaje del Signo cobró un aire de paseo en día dominical. Las gentes del barrio se preguntaban: —¿De dónde salió esta muchacha que así nos alegra el corazón?
En cuanto a Jacinto Amable, costaba creer que fuese el mismo que don Loredán había encontrado en el cementerio, tan guapo que estaba ahora, y no porque se hubiese vuelto bonito sino porque tenía la fealdad magnética de los hombres hermosos, con todos los humores de la masculinidad en su sitio y a punto, y el cuerpo ajustado y nivelado según la divina proporción del fraile Luca Pacioli.
Las siete enfermedades imaginarias se le curaron de golpe, y el carácter se le limpió de mohos para resplandecer como un diáfano cielo de equinoccio. No volvió nunca más al cementerio, pero lo nombraron capataz de los Rosedales de Palermo.
Aquella Araminta y este Jacinto Amable estaban sentados en los sillones de la sala, orondos como una dueña de casa y su invitado de honor, y se miraban y se sonreían como en la pausa de una conversación modosa y a la espera de una copita de licor de cerezas.
Pero cuando don Loredán y la señora Pubilla se les aproximaron con alguna desconfianza póstuma, los dos se pusieron de pie y Araminta se fue a su alcoba y Jacinto Amable a su covacha.
Lejos de sentirse ofendidos por el desaire, don Loredán y la señora Pubilla se abrazaron llorando y también ellos se recogieron a dormir, pero no durmieron porque pensaban en el porvenir venturoso que los aguardaba gracias a esa Araminta que haría, en favor de caravanas venidas desde los cuatro puntos cardinales, lo que acababa de hacer en beneficio de Jacinto Amable, y no gratis sino a tantos pesos la palingenesia.
A la madrugada de esa misma noche, en tanto sus padres y paredros roncaban a pulmón batiente, Araminta salió con mucho sigilo de su dormitorio, cruzó descalza los dos patios y subió por la escalera de hierro hasta la buhardilla donde Jacinto Amable la esperaba desnudo y despierto.
Hubo que casarlos para que al menos no viviesen en pecado mortal.
Lástima que Araminta se haya gastado todos los poderes de una sola vez. Esto fue lo que dijo: que se le habían vaciado íntegros y que era inútil pedirle que se revisara por dentro para ver si todavía le quedaba alguno. Juró y rejuró que se consumieron en la restauración de Jacinto Amable.
Don Loredán y la señora Pubilla nunca se consolaron del todo. Por cierto que eran sensibles a la felicidad de Araminta y a la prosperidad de Jacinto Amable, a quien, después que se casó, nombraron jefe de todas las flores del municipio. Pero más de una noche, insomnes en el secreto del tálamo conyugal, bajo el negro velo de Isis convertido en el crespón de sus sueños, suspiraban con nostalgia. "



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