Alegría inesperada (fragmento)Bulat Okudzhava

Alegría inesperada (fragmento)

"Era mi cuarto año en la Universidad. Sabía que me toleraban a duras penas y me sentía constantemente observado. Sentía que una persistente presencia me hostigaba continuamente. Mi futuro estaba enturbiado, a pesar de las bellas y hermosas palabras sobre la gloria mundana. Quizás alguien dispusiera de un futuro prometedor, pero en lo que a mí concernía no había motivo alguno para la esperanza.
Qué equivocado estaba, pensando que ella no tenía contactos. Qué equivocado. Y así es como sucedió. Ella empezó a desaparecer en algún lugar. Recuerdo cómo el susurro de las conversaciones telefónicas mantenía nuestro hogar en constante estado de alerta. Se organizaban reuniones con alguien en alguna parte y daba la sensación de que la ciudad entera conspiraba, que todos los viandantes me miraban, algunos en tono manifiestamente acusador, algunos con signos de simpatía, otros con recelo o presagiando un funesto acontecimiento. Estábamos casi a fines de otoño, en medio de fuertes lluvias y vientos. ¿Dónde estaba mi madre? ¿En la cárcel? ¿En un vagón de tren con ventanas enrejadas? El bello rostro de la tía Sylvia no transparentaba nada más que una obstinada determinación. Ella se enfrentó a lo que tenía visos de ser un fatal destino con una fe y voluntad dignas de encomio y con su sabiduría femenina. El auricular del teléfono vertía en tono conspicuo y difícilmente distinguible intrigas, súplicas y amabilidades. Me sentía cautivado por esa extraña melodía. Esta fue nuestra cotidiana realidad. "Pero usted sabe..." o "Por supuesto, tiene toda la razón..." o "¿No me creen?" o "Lo comprendo, estoy de acuerdo, pero aun así..." A veces lloraba con dulzura, confiando en que no me diera cuenta, e inclinaba la cabeza mientras remendaba un calcetín o cocinaba platos sencillos, mientras gruesas lágrimas rodaban por sus hermosas mejillas, blancas como la nieve. A veces se recomponía y se apresuraba a estudiarse con atención ante el espejo. Y podía ser testigo de su total cambio de imagen, adornado con una encantadora sonrisa que irradiaba en su rostro, de súbito un gesto suplicante y un tanto obsequioso, envuelto en el aplomo de una reina y en la máscara del desprecio. Es probable que estuviera simulando una conversación frente al espejo con alguien de quien dependía el destino de su hermana. Mientras observaba estos amargos ensayos, en mi mente se agolpaban las estepas de karaganda y pensaba que el invierno se acercaba.
Un campo de prisioneros, alambre de púas y torres de vigilancia, y mi madre con su abrigo de algodón acolchado, inclinada sobre una carretilla. "



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