Conversaciones al sur (fragmento)Marta Traba

Conversaciones al sur (fragmento)

"Debí contarle a Irene todo esto, en cambio de rumiarlo como una idiota. Sigo sin poder hablar, musitando monosílabos. Andrés y Victoria decían que cuanto menos se hablara, mejor. Total, una generación de mudos. Irene y Luisa; ni siquiera a Victoria me atreví a contarle cómo caí bajo su seducción. ¿Cómo decirle que Luisa, paseando por el cementerio o Irene, repitiendo en la sala vacía de Montevideo el cabaret que al final no se dio nunca, son mis cuentos de hadas, mis apariciones nocturnas, la pasión entrelíneas que calienta los versos que escribo y también la sospecha, sin arreglo posible, de que me tocó la peor tajada del mundo?
No me acuerdo muy bien si fue Luisa la que me sacó aquella vez de la cárcel. Creo que sí, porque estaba esperándome en la pieza, al lado del cabo que debía devolverme mis documentos y mi bolsa. Mientras salíamos no paraba de preguntarme qué me habían hecho. Porque, ¡el escándalo que armaría si...! También seguía creyendo, la pobre, que todavía había leyes en el Uruguay. Y lo seguimos creyendo cuando fuimos con los abogados de Luisa a tratar de liberar a los demás que se quedaron adentro. Hasta fuimos a ver juntas a Herrera, a quien ella se había negado a volver a recibir después de la noche fatal. Nos recibió tan gentil como siempre. Debíamos entender que el problema de hacinamiento en las cárceles era grave. Podía ocurrir, al menos temporariamente, que se perdiera el paradero de algún preso. Lamentable pero cierto; parecía sinceramente contrariado. Ya en la calle caímos en cuenta que habíamos sostenido una amable conversación de salón, mientras a lo mejor ya los compañeros estaban muertos. Luisa se puso a llorar. Le corrían por la cara unas lágrimas negras del rímel. "



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