El estatuto de las limitaciones (fragmento)Ernest Dowson

El estatuto de las limitaciones (fragmento)

"De sus labios apenas recabé información; aunque en nuestra travesía de vuelta, aquellas largas noches en que paseábamos por cubierta bajo la Cruz del Sur, su reticencia cedía de vez en cuando, lo que me permitió vislumbrar muchas más cosas de él que en todo nuestro tiempo juntos en la salitrera. Adiviné más, sin embargo, de lo que me contó; y logré atar todos los cabos con posterioridad, después de conversar con la joven a quien comuniqué la noticia de su muerte. El mencionó su nombre, por primera vez, un día o dos antes de su desaparición: una confidencia tan inaudita que debí estar ciego para no darme cuenta de lo que presagiaba. Había visto su retrato el primer día que entré en casa de Garth, donde su fotografía colgaba en un lugar bien visible de la pared: el rostro ovalado y adorable de una jovencita, casi una niña, con unos ojos enormes que, no sé por qué motivo, se adivinaban del color de las violetas, contemplando el mundo con singular tristeza entre un manto ondulante de cabellos negros. Él me contó después que era la fotografía de su fiancée, pero, antes de eso, no habían faltado indicios de que había una mujer en su vida.
Iquique no es París; ni siquiera Valparaíso; pero sí una ciudad del mundo civilizado; y, tan sólo a dos días a caballo del lugar pestilente y caluroso donde alimentábamos tenazmente nuestras vidas de quinina y de ilusión, era la mejor esperanza de evasión. Las existencias de casi todos los ingleses que dirigían trabajos en el interior de aquellas tierras eran muy parecidas: no era difícil reconocerlos por cierta expresión hambrienta y salvaje en su mirada. Entretanto, mientras esperaban su suerte, la mayoría sentía una gran alegría cuando algún asunto de negocios les obligaba a pasar un día o dos en Iquique. Hay tiendas y calles, calles iluminadas por las que pasan señoritas de ojos negros con mantillas de encaje; y también hay cafés; y partidas de faraón* para los que quieren apostar; y corridas de toros, y periódicos con menos de seis semanas de retraso; y en el puerto, cargando nitrato, muchos barcos, a los que no se puede mirar sin envidia, pues regresarán a Inglaterra en pocos días. Pero Iquique no tenía el menor atractivo para Michael Garth, y, cuando alguno de nosotros tenía que ir, era normalmente yo, su subordinado, quien me dirigía allí alegrándome de su indiferencia. Los dólares ganados con el sudor de la frente se desvanecían en Iquique; y para Garth la vida en Chile se limitaba, desde hacía mucho tiempo, a hacer acopio de dólares. Así que se quedaba en el calor abrasador de Aguas Blancas, y contaba con determinación los días y el dinero (aunque su naturaleza, en mi opinión, era esencialmente generosa, su obsesión por conseguir aquel propósito le había convertido en un hombre de una avaricia malsana) que lo devolverían a su preciosa amada. A pesar de lo taciturno, desconfiado e insociable que se había vuelto, descubrí poco a poco que aún sentía cierto amor por las humanidades, y que su buen gusto sólo podía ser fruto de un profundo conocimiento de la mejor literatura. Puso a mi disposición su reducida biblioteca unas pocas novelas francesas, un Horacio, y algunos volúmenes muy manoseados de poetas ingleses modernos en la conocida edición de Tauchnitz-, a cambio de mi colección, bastante similar, aunque algo más numerosa. En los escasos momentos en que se mostraba cordial, podía hablar de esos temas con verve y originalidad; con más frecuencia, prefería perseguir con odio exacerbado a un fetiche abstracto que él denominaba su «suerte». Era por naturaleza terriblemente pesimista; y parecía atribuir a la Providencia cierta cualidad inconcebiblemente cruel, que dirigía en todo momento contra su persona. Logré explicarme, e incluso justificar, en cierto modo, su profunda amargura y su avaricia, muy similares, cuando supe que había sufrido la mayor de las pobrezas y que, además, estaba locamente enamorado... enamorado comme on ne l’ést plus. Cuáles habían sido sus recursos antes era algo que yo desconocía, así como la causa de su fracaso; pero colegí que la crisis había sobrevenido en un momento en que su vida se había complicado con la repentina transformación de una vieja amistad en amor... un amor que, en su caso, sería absoluto y definitivo. La muchacha también era pobre; ambos eran más pobres que la mayoría de la gente pobre... ¿Cómo podía él rechazar el empleo que, gracias a los buenos oficios de un amigo, le ofrecieron inesperadamente entonces? Es verdad que significaba marcharse del país, y pasar cinco años de soledad en América Ecuatorial. La separación y el cambio debían tenerse también en cuenta; quizá la enfermedad y la muerte, además de su «suerte», que parecía incluir todos los males. Pero a la vez prometía, cuando el período de exilio terminara (y había posibilidades de disminuir su duración) cierta autoridad y, probablemente, riqueza; y, si lograba zafarse de todos los riesgos, el matrimonio. Parecía ser el único camino. La muchacha era muy joven: casarse antes de su marcha era impensable; ni siquiera se comprometieron formalmente. Garth se negó a aceptar su promesa de matrimonio, aunque aseguró que él la amaría mientras siguiera con vida; se mantendría célibe para reclamar su mano cuando regresara al cabo de cinco, diez o veinte años, si ella no había elegido a alguien mejor. Quería que se sintiera libre; aunque imagino cuánto debió impresionar a la joven de los ojos violetas la renuncia de aquel semblante oscuro y resentido, y con cuánta ternura rechazó su libertad. Ella consiguió un trabajo de institutriz, y se sentó a esperar. Y la ausencia solo sirvió para remachar con más fuerza la cadena de su afecto, y asentar mejor la imagen de Garth en su pedestal; pues en el amor casi siempre ocurre lo contrario que en esta máxima social, les absents ont toujours tort, que siempre se cumple. "



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