Alia la sublime (fragmento)Alfred Bosch

Alia la sublime (fragmento)

"Saad sólo se detuvo en un recodo del camino. En toda su atropellada carrera hacia el delirio, sólo una vez se le helaron los pies y los ojos miraron atrás. Pasado aquel recodo, lo sabía, perdía de vista el valle del río de Alcoy, las huertas, los naranjos, la cañamiel y las casas que lo habían visto crecer. La tumba de Fátima, donde aún podía hallar el amor calmo y paciente de la madre. Y la figura de Suleimán, que envejecía en silencio, dolido sin saber qué había hecho, o qué no había hecho, para merecer aquel menosprecio. Saad lo vio, consumiéndose en la humilde casa de siempre, y apartó de su cabeza aquella imagen. No, no le debía nada. Cien veces se lo hubieran dicho, y cien veces lo habría negado.
En aquella huida, a Saad lo acompañaba una multitud. No sólo Alia, sino también su padre y su madre y Ausiàs lo seguían. Y el cartógrafo Ribes y Marta y el pequeño Felipe. Lo escoltaba incluso, a lomos de su yegua, el viejo Pere March, que aún lo reñía. Y Fumeit con su bastón. El almojarife al que había asesinado lo miraba desde el suelo, con el vientre empapado de sangre. La vieja duquesa de Gandía le dedicaba una sonrisa socarrona, el alfaquí recitaba la lección y Jordi de Sant Jordi lo derrotaba con un poema. Todos los yinn del mundo lo acompañaban.
La emprendió a patadas con dos piedras y con dos docenas de piedras. Luego, agarró con fuerza el libro y emprendió la marcha, dejando aquel país a su espalda. Caminó durante toda la noche, y no aflojó el paso hasta que la primera claridad le mostró la playa de Valencia. Cruzó el Turia por el puente de la Mar, dobló hacia el sol naciente y cuando llegó a El Grao empezaba ya el trajín de pescadores y marineros. Justamente donde terminaba la playa, le dijeron, una coca esperaba a cargar moros para zarpar. Se encaminó hacia allí. "



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