El hombre que amaba a los perros (fragmento)Leonardo Padura

El hombre que amaba a los perros (fragmento)

"Me pregunté qué carajo estaba pasando: ¿por qué, si apenas nos conocíamos, aquel hombre me escogía para confiarme que se estaba muriendo y que deseaba tener una persona capaz de abreviarle los sufrimientos? ¿Para eso me había citado? Entonces sentí miedo.
-No sé por qué usted...
López sonrió. Movió el talón del zapato en la arena hasta hacer un surco. En ese momento yo no temía aún más las palabras que aquel hombre podría decirme.
-El pretexto para ir a Moscú fue que me invitaban a la celebración del sesenta aniversario de Octubre. Pero necesitaba ir para ver a dos personas. Pude verlas y tuve con ellas unas conversaciones que están acabando conmigo.
-¿Con quién habló?
El hombre detuvo el movimiento del pie y miró su mano vendada.
-Iván, yo he visto la muerte tan de cerca como tú no eres capaz de concebirla. Creo que lo sé todo sobre la muerte.
Lo recuerdo como si me hubiera ocurrido ayer: en ese preciso momento fue cuando verdaderamente sentí miedo, miedo real, además del lógico asombro ante aquellas impensables palabras. Porque nunca en mi vida pudo habérseme ocurrido que alguien confesara su capacidad de saberlo todo sobre la muerte. ¿Qué se hace en una situación así? Yo miré al hombre y dije:
-Cuando estuvo en la guerra, ¿no?
Él asintió en silencio, como si mi precisión no fuera importante, y luego dijo:
-Pero soy incapaz de matar a un perro. Te lo juro.
-La guerra es otra cosa...
-La guerra es una mierda -soltó el hombre, casi con furia-. En la guerra o matas o te matan. Pero yo he visto lo peor de los seres humanos, sobre todo fuera de la guerra. Tú no puedes imaginarte de lo que es capaz un hombre, de lo que pueden hacer el odio y el rencor cuando los han alimentado bien.
Más o menos a esas alturas pensé: está bueno ya de rodeos y tonterías. Lo mejor que podía hacer era ponerme de pie y terminar aquella conversación que no podía conducir a nada agradable. Pero no me moví de mi piedra, como si en realidad hubiera deseado saber adónde iría a parar aquella disquisición del hombre que amaba a los perros. "



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