Almas paganas (fragmento)Elmore Leonard

Almas paganas (fragmento)

"Debbie se detuvo a unos escalones del suelo y se quedó allí a mirar.
Vaya espectáculo, pensó. Johnny entra en la casa pidiendo su dinero a voz en grito y Terry sale a su encuentro con un machete y le cuenta cómo se cargan a la gente en África. Seguían siendo los colegas que habían hecho contrabando de tabaco juntos. Terry iba con unos Levi’s y una camisa amplia y almidonada de color blanco que debía de ser de Fran. Johnny vestía una chaqueta de cuero negro con el cuello levantado. Tenía el pelo castaño y, aunque no le quedaba mucho, lo llevaba recogido en una coleta desaliñada. No estaba mal. Mediría un metro setenta y cinco, algo menos que Terry. Era el típico machito flaco, cargado de espaldas y con los hombros huesudos.
—De modo que eres cura, ¿eh? —dijo—. No me lo puedo creer, cojones.
Lo cual, pensó Debbie, podía también significar que sí se lo creía. Vio a Terry hacer el signo de la cruz delante de Johnny y decir:
—In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti…
Johnny le amenazó con el machete y exclamó:
—No me vengas con chorradas, rediós. Quiero que me digas qué hiciste con mis diez mil dólares y con los de Dickie.
—Dickie donó su dinero a un orfanato.
Johnny se quedó parado y, cuando reaccionó, dijo:
—Mira tú… ¿Y yo a quién le he dado mi dinero?
—A unos leprosos.
—Ya, a unos leprosos…
—Compraron alcohol con él —añadió Terry— para aliviar su sufrimiento. Les dije que no se preocuparan, que a ti te parecería bien. Pero luego, cuando empezó a escasearles el dinero, se pasaron a la cerveza de plátano.
—La cerveza de plátano… —repitió Johnny.
—¿Sabes cuando cambias el aceite y vacías el cárter del coche? Pues esa pinta tiene.
—¿La has probado?
—Nunca me ha tentado.
—Pero los leprosos sí la bebían.
—Se ponían tibios. Así se olvidaban de que tenían lepra.
—Terry, los leprosos me importan una mierda. Te has gastado mi dinero, ¿verdad?
Debbie vio que Terry levantaba los hombros en señal de impotencia y mostraba las manos vacías.
—Me he pasado allí cinco años, Johnny. ¿De qué te crees que he vivido?
—¿De qué viven otros misioneros?
—De donativos. ¿Te acuerdas de los que hacíamos en Nuestra Señora de la Paz para las misiones? Pues tú has hecho uno para la misión de San Martín de Porres de Ruanda. Puedes deducirlo en la declaración de la renta.
—¿Te crees que yo hago la declaración de la renta?
—Lo digo por si alguna vez la haces. Pon «diez mil para los leprosos». Johnny, si he conseguido mantenerme vivo durante estos cinco largos años ha sido gracias a ti. De vez en cuando podía comprar boniatos y carne. De cabra, sobre todo. Pero el dinero no me daba para más. Si te lo tomas como un obsequio para la misión, Johnny, yo te perdono por lo que hiciste.
Debbie estaba disfrutando. Era alucinante cómo manejaba Terry la situación. Johnny no le llegaba a la suela del zapato.
—¿Perdonarme? ¿Por qué? —preguntó éste con el ceño fruncido.
—Por acusarme, por decir que fue todo idea mía.
—Tío, te habías pirado. Dickie y yo estábamos en la cárcel del condado de Wayne, rediós. Ese sitio es tan jodido que uno sólo piensa en que lo manden a la puta penitenciaría. Lo digo en serio, tío, tardaron casi seis meses en decidir si se ocupaba del caso el tribunal del Estado o el federal.
—De acuerdo, Johnny, pero sigo metido en un lío. Esta tarde tengo que ir a ver a Gerald Padilla, el fiscal, por mi procesamiento.
—Es el mismo cabrón que nos metió a nosotros en el talego.
—Pues, gracias a lo que le contaste, ahora tiene la oportunidad de meterme a mí.
—Pero si eres cura, rediós.
—Da igual —repuso Terry—. Voy a tener que contarle al señor Padilla que mentiste, que lo único que hice yo fue conducir el camión.
—Adelante, hazlo.
—¿No te importa?
—Cuéntale lo que te dé la gana. Yo ya he cumplido, tío.
—¿Fue duro? —preguntó Terry.
—¿Qué, Jackson? ¿Vivir con cinco mil gilipollas que se pasan el día chillando y follando unos con otros? ¿No dar nunca la espalda a nadie cuando sales de la celda? ¿Y me preguntas si fue duro, cabrón? Mira, yo llevaba unas apuestas en el Cuatro Este y pagaba a los negratas más cachas del bloque para que no me robaran, y aun así me rajaron la tripa. Tuve que cosérmela yo mismo.
—¿A Dickie qué tal le va?
—Prácticamente vive en el Cinco, en la celda de los incomunicados. Lo meten o sacan según la actitud que tenga. Sigue vendiendo radios a los novatos. Les cobra cincuenta dólares, pero nunca les da la radio. Yo ya le avisé: «Algún día vas a venderle una radio al tío equivocado.» Pero me respondió que le importaba una mierda.
—¿Va a salir algún día?
—Buena pregunta.
—¿Cómo está Regina?
—Ya sabes que se convirtió. Tiene una pegatina en el parachoques que dice: «Mi jefe es un carpintero judío.» Deberíais quedar algún día para cantar unos himnos.
—¿Y Piedad?
—Está en Wayne State, en el último curso. Quiere ser programadora de ordenadores.
—Quién sabe, ¿no? —dijo Terry.
Y Johnny respondió:
—¿Quién sabe qué?
Camino del centro, Debbie, que iba al volante, dijo:
—Anoche, cuando estábamos hablando sobre Johnny, te dije que no me gustaría deberle diez mil dólares y tú me respondiste que no me preocupara. Está claro que sabías que podías ocuparte de él.
—Si consigues liarlo lo suficiente, se cree cualquier cosa que le cuentes —explicó Terry.
—Como que eres cura.
—Ya has visto que se negaba a creérselo, pero ahora ni lo duda.
—¿Piensas contarle alguna vez que no lo eres?
—No lo sé. Algún día quizá —respondió Terry—. Mientras tanto no nos olvidemos de él. Puede que nos haga falta.
Comieron en el Hellas Café, en Greektown: calamares en aceite de oliva y pierna de cordero, que, según Terry, sabía muy parecido a la carne de cabra. Los clientes del restaurante que iban con tarjetas de identidad eran miembros de los jurados del Frank Murphy y parecían turistas primerizos: cuando oían a alguien decir «¡Opa!», se les ponían los ojos como platos y, si aparecía un camarero con un queso flambeado, se quedaban mirando.
Recorrieron a pie las dos manzanas que había desde el restaurante hasta el edificio Frank Murphy. Pasaron por la parte de atrás de Beaubien 1300, la comisaría de policía, y por delante de los nuevos edificios de la cárcel del condado. Terry entró en el Tribunal de Justicia y preguntó por Gerald Padilla. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com