El mal absoluto (fragmento)José Luis Muñoz

El mal absoluto (fragmento)

"A las diez y cuarto Yehuda Weis encendió su televisor y se arrastró hasta su silla. Un poco antes, a pesar de que se había propuesto no verlo, Günter Meissner también encendió el suyo en el salón de su casa pero envió a sus nietos fuera, a jugar a su habitación. Su esposa se sentó a su lado y Herr Meissner no pudo simular la inquietud que le producía tenerla tan cerca, observando. Habían hablado algunas veces de su papel en la guerra, de la etapa Auschwitz, y ella siempre le había apoyado. Ahora parecía dispuesta a hacerlo una vez más y tomó la mano de su marido entre las suyas. Tres personas fundamentales estaban viendo, al mismo tiempo, el programa especial sobre el aniversario de la liberación de Auschwitz, pero muchas más lo estaban sintonizando y la cadena alemana planeaba vender la cinta a la RAI, a TVE, a la Televisión Rusa y a la CNN. El director del documental se había decidido por un montaje paralelo y enfrentó las declaraciones en la sombra de Yehuda Weis, interpretado por un actor que no mostraba el rostro, y las de Günter Meissner. Este último pareció interesarse por las palabras de Yehuda Weis y, en algún momento de las mismas, parpadeó, pareció respirar con cierta dificultad al mismo tiempo que se acentuaba la presión de la mano de su esposa sobre la suya. Yehuda Weis cerró sus mandíbulas cuando vio a Günter Meissner haciendo sus declaraciones, imperturbable, orgulloso de su actuación al servicio de la nación alemana. Eva interrogaba con los ojos a su novio Pete y este le decía, moviendo la cabeza, que el documento le parecía extraordinario. La cámara entraba en los sótanos del campo de exterminio, circulaba en un travelling por aquellos escenarios de muerte mientras se reproducía el ruido de los cerrojos atrancando las puertas de las cámaras de gas y volvía a salir la voz cavernosa de Yehuda Weis que relataba su macabro cometido de auxiliar de carnicero. Herr Meissner escuchaba en silencio, tragando despacio saliva, mientras el fuego chisporroteaba en la chimenea y creaba otro foco de luz, además del televisor, en el salón de su mansión. Los ojos de Yehuda Weis se empañaron en cuanto comenzó a oír el relato de las atrocidades que se habían cometido en el campo. Hablaba del tren de los niños, la noche en que, en poco más de treinta minutos, madres con sus hijos fueron llevadas a la cámara de gas y fueron pasto de las llamas. Se le hizo un nudo en la garganta. Apareció entonces Günter Meissner relatando el mismo hecho desde su punto de vista, con una voz firme y contundente que resaltaba sobre la del anterior testimonio, débil y acongojada. Fue entonces cuando la cámara enfocó la imagen de Günter Meissner con veintidós años recién cumplidos y el uniforme de las SS, su gorra de plato, sus gafas redondas, el frío brillo azul de sus ojos en una cara que resultaba atractiva y daba confianza. La cara no siempre revelaba la monstruosidad de su dueño. Yehuda Weis se removió en su asiento, fijó su vista en el televisor y luego, a continuación, rechinaron sus dientes.
—Es él —dijo, simplemente. Y supo por qué había llegado vivo al año 2005, cuando casi todos sus compañeros de penurias ya habían dejado esta vida y quemado sus recuerdos.
Los sentimientos eran contradictorios. Ahí estaba, sin duda, el oficial que se había encargado de la terrible misión del tren de los niños, el mismo oficial que recibiera a Yehuda Weis a la llegada al campo, quien le salvara la vida y condenara a muerte, en el mismo momento, a su madre y hermano, quien le convirtió en un cadáver en vida, encargado de conducir hasta el matadero a sus hermanos de religión y sangre que llegaban en tropeles en los trenes. Le debía la vida. ¿La vida? ¿Qué vida? Sesenta años de una incesante agonía, de enfermedades mentales que repercutían somáticamente, insomne, atiborrado de medicamentos, alcoholizado, con el hígado destrozado y finalmente condenado irremisiblemente a la silla de ruedas. ¿La vida? La vida que se quitó su esposa, ingiriendo barbitúricos, seguramente porque no soportaba su estado de permanente infelicidad. ¿La vida? ¿Qué vida? Hasta aquel momento creía que seguir viviendo era una especie de castigo añadido a la pena del infierno que ya había pasado en su juventud, cuando Dios, Yahvé, abandonó a su pueblo a su suerte. Ahora sabía que eso no era cierto, que tenía una misión que llevar a cabo y que su cumplimiento sería el único acicate para seguir viviendo. "



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