El filo de la hierba (fragmento)Harkaitz Cano

El filo de la hierba (fragmento)

"¿Quién no se ha lastimado alguna vez con la alta hierba? Su filo es cortante como el del cuchillo. Y sin embargo, ¿quién no se ha recostado sobre ella, en dulce compañía, ataviado con una camisa blanca, visiblemente arrugada tras el exceso? ¿Quién no se ha visto en la situación de tener que sacudir las briznas de hierba adheridas a sus pantalones, mientras desciende las escaleras del granero, sin pararse tan siquiera a pensar que aquel solaz y aquella vida podrían tocar a su fin algún día? Allá tendidos, se nos antoja vana la estatua del héroe que entrevemos a lo lejos, y llena de grandeza la labor de siega del humilde campesino.
Apenas si encontraron resistencia. Nueve buques. Aviones de caza. Ésa era toda su flota. ¡Ayer Europa, hoy América, mañana el mundo entero! Largas plataformas se despliegan hacia el puerto como lengüetas. Los tanques abren camino. Los soldados alemanes toman la isla al abordaje, fusil en ristre, crece el estupor de los ciudadanos, el repartidor de periódicos no da crédito a lo que ve... «¿Cómo puede estar pasando en esta ciudad algo que yo no pregono? ¡Soy yo quien vocea los titulares de los periódicos! Yo soy quien crea las buenas y malas nuevas, quien colorea los escándalos y las noticias bomba con mi propia voz...» Pero esto no lo dice el diario de la tarde: muchachos ataviados con visera y tirantes comenzarán a dar voces, sin diario alguno bajo el brazo esta vez, o quizá blandiendo en sus manos trozos de periódicos viejos utilizados para envolver pescado, improvisando por momentos titulares de periódicos que aún no habían nacido, creando presente y creando historia, como era debido, modelando con sus voces los sucesos y convirtiéndolos en noticia.
–¡Extra, extra, última hora! ¡Las tropas nazis toman Manhattan!
Lo gritan una o dos veces, hasta que el talante rígido de los fusiles se da de bruces con sus voces.
Adolf está entretenido. La orquesta interpreta piezas de Wagner. Cierto, cierto, no les falta razón: decir «pieza» es quedarnos cortos en el caso de Wagner: perdón. Estamos hablando de toda una maquinaria. No hay suficientes instrumentos para interpretar a Wagner en la improvisada orquesta creada para la ocasión. Tampoco los hay en el mundo. Todavía están por inventarse los instrumentos ideales para semejantes melodías. Es lo único que provoca cierta lástima al pequeño hombre: que todavía no se haya inventado ningún instrumento musical que pueda expresar su particular visión del mundo.
El comediante se asoma al ventanuco y cae en la cuenta de que han llegado a Manhattan. Se resiste a creer lo que ven sus ojos. Enseñas nazis y cruces gamadas, soldados armados desplegados en los muelles a intervalos regulares; moscas furiosas se nutren de sangre viscosa, posadas en las costillas de un perro descuartizado. Gente retenida, gente detenida, gente apaleada, gente que trata de huir desnortada ante la desbandada general. Dos oficiales desenroscan un carrete de alambre de espino, quién sabe lo que se disponen a cercar. Cuando se da cuenta de que el alambre es utilizado para acorralar a una docena de personas como si se tratase de ganado, aparta la vista conmocionado antes de que el círculo de espino reduzca su diámetro y se cierre insoportablemente. El comediante nota un dolor agudo en el codo.
«Estoy en deuda con mi codo –piensa el comediante que ahora tiene manos de minero–. Estoy en deuda con mi codo porque ha tomado para sí el cansancio de todo mi cuerpo y ha cargado con todos mis sufrimientos; el codo me hace olvidar las uñas arrancadas y mis costillas rotas, mis ojos coagulados, mis ojos de pera podrida similares a los que penden del rostro de cualquier púgil derrotado que llora solo en un gimnasio sin luz. A veces el codo se hace con la responsabilidad, toma el timón, carga con todo: gracias.»
«Pero no sólo eso. Siento la llamada del codo –razona–. El codo cobra vida propia, el codo trata de hacerme notar algo.» El comediante se incorpora arduamente. Trata de romper el cristal de la escotilla con su codo dolorido. Un golpe, otro, un tercero. El cristal apenas se estremece, sólo asoma una diminuta grieta. Pero el codo le duele y le escuece aún. Emite una señal, un alarido silencioso que le ruega que continúe. Y así lo hace el comediante, golpea una y otra vez, desobedeciendo toda orden que recibe de su cabeza; acata solamente las del codo, hasta que el cristal cede y se rompe. Entran a la celda el frío y los gritos de la gente que corre atropelladamente, acompañados del ruido seco de los disparos y de pasos que se alejan. Chillidos lacerantes. Ruidos que no pertenecen a la ciudad ni al puerto. Ruidos que pertenecen a una guerra, quizá. Trata de arrancar todos los trozos que han quedado pegados al marco de la escotilla, le sangran los dedos. El agujero es demasiado pequeño para que pueda salir por él una persona. Pero él hace ya tiempo que no es una persona, y eso resulta ahora una ventaja a todas luces. Intenta sacar el hombro, sin conseguirlo. Insiste: fuerza el hombro hasta el límite, los brazos no le sirven de nada, estorban. Un último quiebro de cuello y se abalanza hacia el exterior. Un zapato se ha quedado en la celda, pero él está fuera, no acaba de creérselo. Separa las manos del cuerpo mientras cae: pero, de momento, mientras se precipita a las turbias aguas del muelle, tener las manos libres no le sirve absolutamente para nada. "



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