El arte de perder (fragmento)Lola Beccaria

El arte de perder (fragmento)

"No es difícil dominar el arte de perder, tantas cosas contienen el germen de la pérdida que perderlas no es un desastre. Elizabeth Bishop, Un arte.
Así que aun cuando su corazón pertenecía a Enzo, Sara seguía visitando Internet por las mañanas; no interrumpía aquella costumbre de curiosear en su buzón, en busca de nuevas misivas o para revisar los perfiles de los hombres que se habían interesado por ella. Le parecía que, haciéndolo, dejaba una puerta abierta a su cordura, una vía de escape a la obsesión o a su entrega en exclusiva a Enzo.
Después de chatear por la mañana con un divertido piloto, había quedado con él a tomar el aperitivo en una terraza cerca de su casa. Apareció en un Honda rojo, la recogió en la calle y, tras mirarla detenidamente, cambió de planes sobre la marcha y la invitó a comer. Al terminar la sobremesa, Sara tenía que hacer un recado. Pero el piloto no se quería separar de ella y se ofreció a hacerle de chófer. La llevó a comprar un barniz para restaurar una cómoda, y luego a recoger una silla en el tapicero. Más tarde la acompañó a casa, y en el coche, aparcado frente a su portal, la retuvo todavía un poco más. Ensayó unos besos y abrazos que ella no pidió, pero tampoco rechazó. Tras despegarse del cuerpo de Sara, mirándola tiernamente le explicó: «Eres muy dulce y delicada, tienes la sensibilidad a flor de piel. A ti hay que cuidarte mucho, hay que mimarte y vivir siempre pendiente de ti». Al oír aquella declaración, Sara sufrió un inesperado desasosiego vital. Le entraron ganas de salir huyendo del coche y de no volverlo a ver.
Quería alejarse lo más posible, y se despidió a toda prisa, bajándose acelerada y diciéndole adiós a través de la ventanilla abierta. Después, una vez a salvo en su piso, se preguntó qué le pasaba. Tenía a un hombre que se ofrecía a mimarla, justo lo que Enzo no era capaz de darle, y eso la enfermaba hasta casi el punto de la repugnancia física.
Era cierto que tenía la sensibilidad a flor de piel, eso no podía negarlo. Pero quizá precisamente por eso cualquier caricia, por mínima que fuera, podía producirle una rozadura insoportable. Y cuánto más un abrazo constante y pegajoso o todas las horas del día…
Parecía una verdad obligadamente asumida por el común que eran los raros, los malos, los cafres, los insensibles, quienes evitaban el pegamento de los demás, quienes no querían sentirse acariciados más que en contadas ocasiones, y los normales y buenas personas aquellos que se buscaban, se abrazaban y se restregaban sin duelo. ¿No serían en realidad estos últimos los que, insensibles, necesitaban de tanto roce para sentir algún dichoso nervio sensorial?
A Sara le empezaba a gustar ese ejercicio de reflexión a la contra, esa fructífera actividad de derrocar los modelos imperantes. Le abría opciones nuevas, le permitía tranquilizar sus escrúpulos, su indecisión, sus incertidumbres, su perplejidad ante un mundo que no entendía. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com