Amphitryon (fragmento)Ignacio Padilla

Amphitryon (fragmento)

"Mi relación con Dreyer volvió a estrecharse durante las semanas que vinieron después de su iluminación. A medida que sus planes de suplantar a Adolf Eichmann se hicieron tan viables como imperiosos, su confianza en mis buenos oficios recuperó el cauce de antaño, y trazó conmigo hasta el último detalle del camino que debía situar a kretzschmar al mando del Departamento de Investigaciones Judías de las SS. Por ese lado, todo fue cumpliéndose sin tropiezos, tal como Dreyer lo había planeado. El muchacho se mostró dispuesto desde un principio a obedecerle y someterse al riguroso sistema que el general usaba para borrar el espíritu de sus discípulos y prepararlos así para asumir una nueva identidad. Pronto, ayudado por el milagroso trabajo de los cirujanos de Goering, Kretzschmar estuvo listo para suplantar a Eichmann, y Dreyer pensó que la ocasión para hacerlo se presentaría en cualquier momento.
A medida que progresaba la guerra, el poder de Eichmann en las líneas del Reich se había incrementado en forma dramática, y si bien el exterminio de judíos se conservaba en secreto, corrían serios rumores de que en sus trenes de muerte se hacinaban a diario miles de seres de los que nunca volvía a saberse nada. La disciplina del coronel Eichmann, su profundo conocimiento del transporte terrestre y su odio hacia los judíos le habían convertido en una perfecta maquinaria de destrucción, lo cual hacía cada vez más difícil concebir la idea de que su obsesión por el ajedrez sería tan grande como para apostar en una partida el poder que probablemente había ambicionado desde la adolescencia. Dreyer, no obstante, jamás dudó de que Eichmann estuviese dispuesto a darle la revancha y apostar su propia vida cuando él le presentase a su campeón. Nunca, por otro lado, apenas sopesó la posibilidad de que Kretzschmar fuese vencido por el oficial de las SS. Si aquella partida llegaba a verificarse, sería porque él mismo había demostrado antes su superioridad sobre el muchacho, y estaba tan seguro de su propia capacidad en el juego como en la de Kretzschmar para vencer a Eichmann. En cierta forma, Kretzschmar se había convertido para él en algo así como la armazón impenetrable que en otros tiempos le había hecho falta para vencer al coronel. Bastaría entonces convencer a Eichmann de que apostase su identidad contra él para que sus planes comenzaran a tomar la forma que él quería darles. Y si Eichmann, en un momento dado, vencía o se negaba a aceptar su derrota, Dreyer se encargaría de eliminarle en el acto, aun cuando esto hiciese más difícil, o quizá imposible, la suplantación.
Pero Thadeus Dreyer y su joven campeón del ajedrez habían elaborado sus planes desde la lógica impecable de los ajedrecistas, una lógica ajena a la realidad que dependía en gran medida de un concepto de honor que no puede esperarse en ciertos hombres. Nunca, ni por un instante, pensaron que alguien pudiese delatarles antes siquiera de que Dreyer tuviese la oportunidad de proponer a Eichmann la partida definitiva. Me bastó dirigir a Himmler una carta anónima para que éste ordenase de inmediato nuestra detención y orquestase el brutal desmembramiento del equipo de suplantadores que Dreyer había ido preparando bajo los auspicios del general Goering. Acusados de colaborar con una conspiración semítica descubierta pocas semanas atrás, los hijos adoptivos de Dreyer fueron desapareciendo uno a uno de sus casas y sus cuarteles. Por lo que hace al joven Kretzschmar, no tuvimos tiempo de saber qué suerte había corrido, mas no era aventurado sospechar que habría acabado sus días en los sótanos de la Gestapo. Antes de enviar la carta a Himmler, consciente de lo importante que era para mí poder conservar a Dreyer con vida, yo había establecido un providencial contacto con el Servicio Secreto Británico y las autoridades suizas para facilitar nuestra huida. Casi tuve que secuestrar a Dreyer cuando comenzó la persecución. Empeñado en conocer la suerte que correrían Kretzschmar y los demás impostores, hizo cuanto pudo por permanecer en Berlín para ayudarles. Sin embargo, cuando comprendió que era demasiado tarde para hacer nada, accedió a escapar con una resignación y una cobardía que, sin duda, habían de emponzoñar los días o los años que le restasen de vida. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com