El astrágalo (fragmento)Albertine Sarrazine

El astrágalo (fragmento)

"Ya lo sabía: ‘No llames a nadie’, esa forma de andar escurridiza, como de perfil, esa afinidad total y oscura entre él y yo desde el primer instante… Ya me había dicho Ginette que su hermano era un mala vida, pero yo había visto en ello una amabilidad hacia mí que salía de la cárcel… Mucho antes de sus palabras, había reconocido a Julien. Hay estigmas que son imperceptibles para el que no ha estado en chirona: una manera de hablar sin emplear los labios, mientras que los ojos expresan, para despistar, indiferencia o todo lo contrario; el cigarrillo en el hueco de la mano; la preferencia por la noche para obrar o para hablar, tras la sujeción del silencio diurno.
[...]
Dios padre pasa dos o tres veces por semana. Los días de visita del gran jefe, la enfermera de sala empuja las maletas de la cama, barre los cadáveres acumulados bajo nuestras cabeceras y desinfecta los orinales con un cuidado inhabitual y ostentoso, lo cual nos obliga a soportar sus ‘Ay, señor’. Ni hablar de tener el orinal antes de la gran visita. Contraemos nuestros esfínteres, alisamos el reverso de nuestras camas y avivamos nuestros ojos y nuestros labios. El amor que tenemos nos inspira graciosas posturas y hace surgir de nuestras mesillas de noche las labores o las lecturas que estimamos más aptas para atraer su atención. Si se digna darse cuenta de que alrededor del hueso hay una mujer, un ser incontable que trabaja y que piensa, si abandona un momento nuestras radiografías para mirarnos la cara, si nos ofrece una sonrisa o una palabra, nuestros sufrimientos y nuestra ignorancia se borrarán, nos curaremos y sabremos.
[...]
Yo ando. No me entrego por estos sitios, no tengo tiempo, no me gusta la calle y no tengo más de puta que cualquier otra cosa. Utilizo este medio porque es rápido y porque no necesito horario ni aprendizaje, o muy poco: a los dieciséis años me desembarazaba fácilmente de las patas de los chulos, de las astucias de los clientes, desde entonces nada ha cambiado mucho… Lo único que temo es a la policía, porque no tengo ningún papel para presentarme en caso de redada. Pero cambio continuamente de calle, de hotel y de aspecto. Examino a los que se detienen antes de contestarles. Una intuición oscura y certera me detiene o me anima, tengo en la cabeza unos semáforos que se encienden y se apagan, rojo cuidado, verde está bien, pasa, espera, no esperes y lárgate, sonríe, ven. Me deslizo a lo largo de las calles con pasos rápidos y decididos, cojeo apenas y ando lo más aprisa que puedo. Esta falta aparente de interés y esa forma de no parecer lo que soy me protegen y me hacen atractiva. "



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