El cosmopolita (fragmento)Louis-Charles Fougeret de Monbron

El cosmopolita (fragmento)

"-El cosmopolita o el ciudadano del mundo-
Soy hija de una lavandera de la Montaña Santa Genoveva, en cuanto a mi padre nada sé. Un carmelita de la plaza Maubert me dio las primeras lecciones sobre el amor. Bajo el auspicio de tal disciplina, tenía que disfrutar. En poco tiempo me convertí en una colegiala. Sus asiduas atenciones fueron menguando, dada la cantidad de prácticas y me vi en la tesitura de enfrentarme sola al mundo y debido a que en un principio mi espíritu había sido cultivado al amparo de la protección carmelita, tuve el honor de ser una de las meretrices parisinas más renombradas. En cuanto la policía tuvo conocimiento de mi persona, me envío a pasar todo un semestre en la prisión del estado.
[...]
Me divertía en pergeñar ideas absurdas en mis momentos de ocio. Tuve la desgracia de confiar en un miserable y pérfido vestido con el atuendo sacerdotal, al que por compasión hacia sus exiguos talentos, y a modo de limosnas, me confesé, revelando mi secreto a un triunvirato de villanos, que me acusaron, por medio de una carta anónima dirigida al Inquisidor de la Policía, de difamar al Gobierno y a la Religión. Cualquier magistrado digno, ante semejante delación carente de firma, la habría arrojado al fuego, pero, con el ánimo de rendir pleitesía a la Corte, quiso dar muestras de su vigilante celo: la ausencia de signatura era para él una cuestión menor. Así pues, como dije anteriormente, aquella carta sin sello se desató ante mí como dos ominosos Cerberos. ¿Fui, por consiguiente, víctima del escandaloso abuso de ese extraño hombre cuyo verdadero trabajo era zaherir a los inocentes, mantener las calles libres de mujeres de mala reputación y clarificar el contenido de las misivas que obraban en su poder? ¿Quién podrá estar verdaderamente a salvo? Lo cierto es que me cuesta imaginarme a la gente honesta capturada por la policía bajo la jurisdicción de un hombre de semejante condición. Siempre me sentí halagada por la probidad y la rectitud, pero de nada servía ante la humillante infamia de este Tribunal. Sin embargo, no sentí vergüenza alguna. ¿Acaso no es necesario hacer frente a esta gente? "



El Poder de la Palabra
epdlp.com