Cuando los combes luchaban (fragmento)Leoncio Evita

Cuando los combes luchaban (fragmento)

"—Sube, Upólo —le dice el americano en tono agradable.
   Upólo empezó el ascenso. John sujetaba la persiana de bambú mientras tanto, hasta que el visitante entró en la amplia galería.
   Hubo un efusivo abrazo.
   —No he podido venir más pronto —se disculpó el blanco— porque, me encontraba muy ocupado cuando el «boy» me anunció tu visita.
   —Yo tampoco tenía mucha prisa —repuso el negro—. Además no has tardado nada.
   —Vamos a sentarnos. ¿Quieres allí, donde hace más fresco?
   —Dónde te guste.
   Junto a la pared había allí dos sillones de mimbre con su mesita.
   Al dirigirse a tomar asiento, John llamó al «boy», que se presentó antes de que ellos se acomodasen.
   —Trae dos copas y una botella de gin —le dice John al criado, sin enterarse del gusto de su visitante; ya sabía que le gustaba al otro—. También puedes avisar a «mamá» que Upólo está aquí.
   Al poco rato, una botella de ginebra y dos copas se alzaban sobre la mesa. Como la botella venía descorchada, John llenó las copas con el blanco licor.
   —Amigo, puedes servir cuanto quieras.
   El blanco elevó su copa para brindar; había convidado a su visitante.
   Imitando al blanco, Upólo alzó también su vaso. Pero antes de ponerlo de nuevo en la mesa, derramó un poco de licor sobre el piso de tablas: «para que sus antepasados participaran de aquella convidada».
   Y nació la conversación.
   —El muerto ha resucitado —Upólo esperó la pregunta del blanco.
   Efectivamente:
   —¿De qué muerto hablas? No te comprendo, amigo.
   —Mi hijo —la cara del salvaje expresaba mucha alegría—. Hace dos días que está en casa. ¿No lo sabías?
   —¿Es posible? —repuso John con extrañeza.
   —Sí. No murió, sino fue secuestrado por tres individuos, de los cuales uno pereció; pero tampoco el chico consiguió escaparse hasta que llegó a la «gran choza».
   —Desde luego, hoy te encuentro poco explícito. Cuéntame la historia de «cabo a rabo», que sólo así podré entenderte.
   —A eso vine, brother. A muchas jornadas de aquí hay una choza, albergue de una secta peligrosa. Está constituida por una tribu extraña, a juzgar por su lenguaje: antropófagos. Mi chico dice que durante los días que permaneció allí llegaban sus guerreros cargados de cabras, gallinas y otros animales, y que todas las noches se celebraba danza. Y añade que lo extraño es que allí no había ni una sola mujer. Yo juzgo que esta secta tiene la culpa de todas las inclemencias que sufrimos y que se atribuyen a un inofensivo bicho.
   —Me explicas —interesa el blanco—, ¿cómo pudo escapar tu chico?
   —Tuvo suerte. Su descuidado centinela, echándose a dormir casi le facilitó el medio de fuga, suponiendo lo listo que es Vilangua.
   —Enhorabuena.
   —Pero este no es el motivo de mi visita; comprendo el peligro que corremos si esta tribu avanza hacia la costa; sería desolado todo este sector. Yo quiero evitar esta desgracia lo antes posible. Temo un triste final.
   Las facciones del negro se habían alterado; ahora estaba preocupado. "



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