Casino Royale (fragmento)Ian Fleming

Casino Royale (fragmento)

"No tenía de qué preocuparse porque Bond se enamoró del lugar a primera vista: la terraza que llegaba casi hasta la huella de la marea alta; la casa de dos plantas con alegres toldos color ladrillo sobre las ventanas; y la bahía en forma de media luna de aguas azules y arena dorada. Cuántas veces habría dado lo que hubiese sido por tomar un desvío de la carretera que lo llevara a un rincón perdido como aquél, en el cual pudiera dejar que el mundo siguiera su rumbo y vivir en el mar desde la aurora hasta el atardecer. Y ahora iba a disfrutar de todo aquello durante una semana entera. Y de Ves- per. En su mente acarició los días que tenía por delante como si fueran las cuentas de un collar.
Se detuvieron en el patio que había tras la casa. El dueño y su mujer salieron a recibirles.
Monsieur Versoix era un hombre de mediana edad al que le faltaba un brazo, que había perdido luchando con los Franceses Libres en Madagascar. Era amigo del jefe de policía de Royale, que fue quien le recomendó el lugar a Vesper y habló con el dueño por teléfono. En consecuencia, nada iba a ser demasiado para ellos.
Madame Versoix tenía la cena a medio preparar. Se había puesto un delantal y llevaba una cuchara de palo en la mano. Era más joven que su marido, rolliza y guapa, y de mirada cálida. Bond supuso por instinto que no tenían hijos y que entregaban su afecto frustrado a los amigos y a los clientes habituales y, probablemente, a algún que otro animal doméstico. Pensó que quizá llevaban una vida bastante dura y que, en invierno, la posada debía de quedar muy sola entre el mar bravo y el ruido del viento entre los pinos.
El dueño les enseñó las habitaciones.
Vesper tenía una doble, y Bond, la contigua a aquélla, en la esquina de la casa, con una ventana que daba al mar y otra que daba al distante brazo de la bahía. Entre ambas había un cuarto de baño. Todo estaba perfectamente limpio y transmitía una comodidad austera.
El dueño se alegró cuando ambos le expresaron su agrado. Dijo que la cena se serviría a las siete y media y que la patraña estaba preparando langosta a la parrilla con mantequilla derretida. Lamentaba que la posada estuviera tan silenciosa. Era martes y el fin de semana llegaría más gente, pero, de todas formas, la temporada no había sido buena. Antes solían tener muchos ingleses, pero allá arriba eran tiempos difíciles y ahora los ingleses sólo bajaban a pasar el fin de semana en Royale y volvían a casa tras haber perdido su dinero en el casino. Ya no era como en los viejos tiempos. Encogió los hombros con aire filosófico. Claro que ningún día era como su víspera, ni ningún siglo como el siglo anterior, y... "



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