Años de infancia (fragmento)Sergéi Aksakov

Años de infancia (fragmento)

"Nos suplicó que no lloráramos y nos aseguró que nuestra madre estaría bien y que esperaba que regresara cada día, pero yo estaba convencido de la verdad de mis tristes presentimientos, negándome por completo a creer a mi tía y repitiendo obstinadamente la misma respuesta una y otra vez: "Todo lo que dices es mentira" Ella se enfadó y se marchó lejos. Al día siguiente, cuando fuimos a dar los buenos días al abuelo severamente: "Me han dicho que siempre estás gimiendo como si fueras un bebé; y al mirarte me pareces un pequeño cervatillo; no escucharé más tus lágrimas" Empalidecí de miedo (me dijeron después) y no me atreví a derramar lágrima alguna en todo aquel día, pero lloré en cambio durante casi toda la noche. Sentí aún más miedo de mi abuelo. Imitando a mi tía, Yevseitch y la enfermera repetían constantemente: "Su mamá está bien y llegará muy pronto; ahora se dirige hacia el pueblo y vamos a acudir a su encuentro" Al principio, estas últimas palabras causaban un fuerte efecto en mí, haciendo que mi corazón latiera más rápido pero pronto retornaba el dolor de escucharlos. Dos días más transcurrieron, mi dolor aumentó incapacitándome para ocuparme de tarea alguna. Mi querida hermana no se alejó un paso de mí: a menudo me suplicaba que jugara con ella, le leyera en voz alta o le contara un cuento. Hice lo que me pedía, pero con el espíritu tan alicaído que a menudo me detenía en medio de la lectura o del juego, y nos mirábamos el uno al otro en medio de un silencioso dolor, con los ojos llenos de lágrimas. Uno de esos pesarosos días, una de las sirvientas entró corriendo en la habitación, gritando en voz alta: "¡El joven señor y la señora han llegado!" Puede que resulte extraño, pero en un principio no creí completamente en la veracidad de esta noticia. Me había acostumbrado a escuchar palabras en el mismo sentido de Yevseitch y la enfermera; todavía me parece increíble que me mostrara tan incrédulo en medio de la dicha. Pero le di gracias a Dios porque así hubiera ocurrido; si realmente hubiera estado convencido, me habría vuelto loco o hubiera caído enfermo. Mi hermana empezó a bailar y a gritar, "¡Mamá ha llegado, mamá ha venido!" La enfermera, una vez se hubo quedado a solas con nosotros, preguntó con voz ansiosa, "¿De verdad?" "Sí" -respondió la sirvienta-, están bastante cerca y Yevseitch ha corrido a su encuentro" Ella misma salió apresuradamente. La enfermera dispuso rápidamente nuestros vestidos y nos cepilló el pelo, llevándonos luego de la mano a la habitación de los criados. "


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