El final del desfile (fragmento)Ford Madox Ford

El final del desfile (fragmento)

"Y nunca supo qué había sido del bebé de la señora Duchemin. Al día siguiente, la señora Duchemin había vuelto a ser tan afectada, circunspecta y serena como siempre. No volvieron a cruzar ni una palabra al respecto. Eso dejó en la imaginación de Valentine una mancha negra —como la de un asesinato— que no debía mirar nunca. Y a través del mundo ensombrecido de su confusión sexual aleteaba continuamente la sospecha de que Tietjens pudiera haber sido el amante de su amiga. Era una cuestión de simple analogía. La señora Duchemin le había dado la impresión de ser una persona brillante, igual que Tietjens. Pero si la señora Duchemin era una sucia ramera… ¡Qué no sería Tietjens, que era un hombre, y tenía las necesidades sexuales de un hombre…! Su imaginación siempre se negaba a completar sus pensamientos.
Esa insinuación no podía combatirse con la imagen de Vincent Macmaster, le parecía intuir que era uno de esos hombres a los que, amantes o amigos, casi tenían la obligación de traicionar. Parecía estar deseándolo. Además, una vez se preguntó cómo podría una mujer, que tuviera la ocasión y la oportunidad —y Dios sabe que había oportunidades de sobra—, elegir a esa sombría hoja seca, si pudiera yacer entre los brazos de la espléndida masculinidad de Tietjens. Y esa vaga convicción se vio confirmada y refutada a la vez cuando, poco después, la propia señora Duchemin empezó a aplicarle a Tietjens los epítetos de «zoquete» y «animal», ¡los mismos que había empleado para referirse al supuesto padre de su hijo!
Pero, en tal caso, Tietjens debía de haber abandonado a la señora Duchemin; y si la había abandonado, ¡es que estaba disponible para ella, Valentine Wannop! Pensaba que ese sentimiento era innoble, pero procedía de unas profundidades de su ser que no podía controlar y pensarlo la aliviaba. Luego, al empezar la guerra, el problema desapareció, y, entre el inicio de las hostilidades y lo que sabía que sería la partida inevitable de su amado, se había rendido a lo que consideraba puro deseo físico por él. ¡Entre las angustias terribles y abrumadoras de la época no había tenido más remedio que rendirse! Ante la incesante —la interminable— idea del sufrimiento, y la no menos incesante idea de que, muy pronto, su amado también sufriría, no había ningún otro refugio en el mundo. ¡Ninguno!
Se rindió. Esperó a que él pronunciara la palabra o le echara la mirada que los uniera. Estaba acabada. La castidad: ¡Chimpum! ¡Como todo!
No tenía ninguna idea ni imagen de la faceta física de su amor. En los viejos tiempos, siempre que había estado con él, cada vez que entraba en la habitación, o simplemente cuando sabía que iba a ir al pueblo, había tarareado para sus adentros y había sentido cómo cálidas corrientes le recorrían la piel. Había leído en alguna parte que, al beber alcohol, la sangre iba a las venas superficiales del cuerpo y producía una sensación de calor. Ella nunca había bebido alcohol, o no el suficiente para producir un efecto reconocible, pero imaginaba que el amor obraba en el cuerpo del mismo modo… ¡y que luego cesaba para siempre!
Pero, en esos últimos días, la habían abrumado convulsiones mucho mayores. Bastaba con que Tietjens se le acercara para que todo su cuerpo se sintiese atraído por él, igual que cuando uno está cerca de una alta cima se siente atraído por ella. Grandes oleadas de sangre recorrían todo su ser como si unas fuerzas físicas todavía por inventar o descubrir atrajeran al fluido. La luna produce las mareas del mismo modo. "



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