Evocaciones y pareceres (fragmento)Vicente Aleixandre

Evocaciones y pareceres (fragmento)

"Dos o tres años después volvimos a aquel belén de la casita a orillas del mar. Había llegado la hermana mayor de los niños, la que vivía en Alemania, y que regresaba después de varios años de ausencia. Decían que era ya "mayor", y yo no la había visto nunca. ¡Ay, cuánto se había empequeñecido aquel belén inocente! Recuerdo que lo pregunté: -¿Es otro?... -Es el mismo-. El barro de los ángeles colgantes no parecía tan celeste, ni tan imponentes los cerros. No, yo no podía apoyar mi cabeza sobre aquel roquedal sin temor a desbaratarlo. La sensación de vastedad, aquella doble visión, mágica y real, realísima, había desaparecido. No quedaba sino su imitación sin ventura.
Y, sin embargo, la inocencia todavía tenía ojos puros. Yo era todavía muy pequeño. Recuerdo que se me acercó la hermana mayor. Era la primera vez que veía al niño. -Qué guapo eres -dijo, y le tentó la cara. Yo la miré con ojos absortos, sin oírla. ¡Tan "grande"!... ¿Qué edad tendría? A mí, tan pequeño, me pareció "vieja" como el mundo. Y hermosa y fresca como el mundo.
Todavía volví a ver aquel belén unos años más tarde. La familia alemana había tenido que emigrar a su país. Corrió el tiempo, y un día mi madre recibió una carta pidiéndole volviese a la casa y recogiera todavía alguna cosa perdida. Yo la acompañé. Subimos al desván, lleno de trastos, muebles viejos, cajas vacías, cortinas rotas, terciopelos marchitos. Parecía flotar un polvo que no hubiera podido aplacarse. Entramos más adentro y mi madre entreabrió una ventana. En un rincón, al fondo, vi el belén. Fue la primera y única vez que experimenté la sensación horrible de la niñez perdida. Un montón de palos hirsutos que había sido palio celeste. Una acumulación de vidrios rotos y reunidos que no podían recordar la materia de los ríos sin mancha. Pedazos despintados y el polvo casi obsceno de lo que fueran ángeles y pastores. El triste resto de la luz estelar: "papel de plata", si así todavía podía llamarse. Y encima, el corcho desaforado, bloques de corcho roído, asomando crudos o amontonados como materia baja y barrida, sin ninguna nobleza en la destrucción. Quizá más niño, no ya en el borde de la adolescencia, aun los grandes ojos abiertos hubieran visto allí una magna catástrofe, y a aquellos restos, redimidos por una convulsión casi geológica. Quizá mi mano de niño aún habría tenido el valor de acariciar alguna hendida montaña, intuyendo el vasto deshacimiento de un mundo que yo podía con aflicción contemplar. "



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