A las que amamos (fragmento)Aleksandar Tisma

A las que amamos (fragmento)

"Spiler no pudo por menos que, con gesto mohíno, estar de acuerdo con esa aseveración. Mejor dicho, fingió estarlo, ya se entiende, porque la evocación de Natasa reanimó el deseo que sentía por ella; la descripción de sus trapacerías avivó sus ganas de quebrarla, de someterla por unos instantes. Pero eso era el futuro, y él había empleado tanta paciencia y tenacidad para llegar a ese nuevo escondite que no podía imaginarse abandonarlo sin aprovecharlo de inmediato. Sus ojos tornaban una y otra vez al lecho enorme y serio destacando como un catafalco bajo el único haz de luz que penetraba a través de la hendidura en la chapa del cierre; su oído absorbía el silencio del cuarto, que los pasos de la calle, resonando cortantes, volvían más sordo aún; tenía la sensación de hallarse en la trinchera más recóndita de su vicio secreto, pero al mismo tiempo en un puesto tan avanzado que, desde su parapeto, tenía en el punto de mira al mundo entero que debía someter. Le rogó a la mujer—se llamaba Emilija—que le proporcionara una sustituta para compensar la pérdida del placer que de manera tan pérfida se le había escapado, y ella, después de cierto titubeo, valorando la intensidad de su lujuria y la holgura de su generosidad, prometió hacer todo lo posible para satisfacerlo.
Pero mencionó que la chica en la que pensaba—una vecina de allí al lado—carecía de experiencia y no hacía mucho le había confiado que estaba decidida a hacerse con dinero a toda costa, así que Spiler, por desgracia, tendría que esforzarse un poco para romper su resistencia y pudor. Prometía, sin saberlo, el atributo más preciado; y, sin embargo, no era eso lo que más excitaba en ese momento a Spiler. Ni tampoco lo fue el encuentro que se llevó a cabo un poco más tarde, aunque la chica era guapa y se comportó con candor. Lo que más lo excitó, casi hasta ponerlo frenético, fueron los minutos entre las palabras y la culminación de su deseo: cuando, después de que Emilija se fuera a buscar a la muchacha, él se acercó al corte del cierre y, siguiendo la figura flácida hasta un portal al otro lado de la calle, después de la tensa vigilancia, vislumbró en ese mismo portal a la que aguardaba sin haberla visto antes; los minutos durante los que la observó venir sin poder ya dar marcha atrás, y él a sus espaldas sentía el silencio del lecho dispuesto; los minutos que, como arrancados al curso caprichoso del tiempo, se habían condensado en su puño, tembloroso, seco debido a un acceso febril, con la dureza de la piedra.
Desde que se ha publicado en el periódico el anuncio de Katarina, ella tiene un nuevo oficio: enseñar su piso y visitar otros. Ese trabajo adicional no le impide realizar el habitual, al contrario, de alguna manera lo complementa: consiste en recibir y visitar a personas desconocidas, calcular sus ingresos y reputación, husmear en los rincones secretos donde duermen y donde fornican, enterarse, por los vecinos que se confían fácilmente, de sus extravagancias y destinos. Así, sopesa, compara, elige; todo esto no sólo se le permite a Katarina, sino que se lo imponen, porque todo el que responde al anuncio trae consigo el deseo humillante de un espacio más amplio, y Katarina tiene tres estancias enteras que está dispuesta a ceder a cambio de dos o de una, siempre que la distribución sea adecuada.
Su nuevo poder la embriaga, es incapaz de no hacer partícipes a todos sus conocidos so pretexto de pedir consejo. Y la emoción con la que transmite ese poder es contagiosa. Además, la posibilidad de contar con un nuevo piso con entrada particular para dar rienda suelta a las citas amorosas, espolea la imaginación de las chicas y de los visitantes expulsados de la casa de Paula y asustados en la de la tía Ruza. Apostados a distancia unos de otros, esperan a Katarina en las esquinas de la calle, rondan por los alrededores de su casa y, si no hay nadie a la vista, tocan el timbre y la hacen salir al portal para enterarse de algo o comunicarle una nueva dirección, o arrancarle la promesa de que fijará un plazo.
Finalmente, ella misma no puede soportar la tensión que ha suscitado. Todavía duda entre dos pisos que le han quedado como única opción: un estudio en los aledaños de los grandes almacenes, y un poco más lejos, junto a la iglesia uniata, un cuarto con una cocina minúscula. Pero justo estos días le ha llegado el rumor de que Beba ha decidido engañar a su técnico porque está recortándole la asignación prometida. Y Beba es un botín demasiado valioso para que Katarina la deje en manos de otros o la abandone al azar que asola las calles y cafés. Como lugar provisional de las citas de la muchacha, a la par que como terreno de adiestramiento para los encuentros en circunstancias más favorables, se fija el desván encima de la vivienda actual de Katarina, en la calle Smiljanic. "



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