El club de los nostálgicos (fragmento)Hugo Burel

El club de los nostálgicos (fragmento)

"Nostálgico es uno que usó galochas en los días de lluvia para proteger sus zapatos de los charcos. Seguramente lo escuchó a Duke Ellington en el Teatro Solís, o, si es más joven, a Johnny Halliday en el Palacio Güelfi. Sin duda atesora botellas de refrescos que hoy no se fabrican y guarda programas de cines que daban continuado con tres películas. Digamos que ese es el nostálgico promedio, standard, para emplear una expresión muy en boga en los cincuenta. Hay otros, más complejos, sibaritas casi.
Su lema es una cita del filósofo Bergson: "sólo se posee eternamente aquello que se ha perdido". Su lectura favorita es el colosal mamotreto de Proust -una prestigiosa trampa para rentistas desocupados, estudiantes del Instituto de Profesores Artigas y pederastas refinados- y su lugar ideal nunca encontrado es aquel al que llevaba el camino de Guermantes. Cuando sus ingresos se lo permiten, viajan a Venecia, peregrinan al Florian y contemplan el Gran Canal con embeleso desde la terraza del Hotel Danieli, sin estar alojados en él, claro. Son los nostálgicos módicamente fastuosos; quienes reivindican una ascendencia patricia que, no bien escarbamos, apenas los vincula con algún aventurero que se deslomó trabajando en los saladeros. Pese a todo, suelen ser tacaños y por supuesto conservadores. La cumbre de esta variedad son los dueños de anticuarios.
No he de referirme a ellos ahora, porque es obvia su actividad y su pertenencia al Club. Prefiero hablarles de esos raros especímenes que concentran su nostalgia en un solo objeto o en una única actividad. Ilustraré con ejemplos.
Hace muchos años era costumbre, en épocas en que la caja boba no idiotizaba a la gente y había furor por las revistas de comics, el canje de ejemplares entre chicos que no se conocían. Yo mismo era de los que leía Superman o Lorenzo y Pepita. Lo hacía como cualquier niño y cuidaba los ejemplares, pero no los coleccionaba ni atesoraba en exceso.
Un día llamaron a la puerta de casa, una tardecita en que mis padres habían salido. Yo me había quedado estudiando o acaso estuviera un poco atacado por el asma. Entonces abrí y en la vereda había un muchacho sosteniendo una pila de comics. Sin siquiera presentarse me preguntó si cambiaba revistas. "



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