El camino de la esperanza (fragmento)Stephane Hessel

El camino de la esperanza (fragmento)

"Para asegurar el buen vivir, será necesario revitalizar la solidaridad. Proponemos crear Casas de la Fraternidad en las ciudades de tamaño medio y grande, así como en los barrios de metrópolis como París. Estas casas reagruparían a todas las instituciones públicas o privadas de carácter solidario ya existentes, y comportarían nuevos servicios dedicados a prestar ayuda urgente a víctimas de un desamparo moral o material y a salvar del naufragio a las víctimas de sobredosis, no sólo de drogas, sino también de malestar o desdicha. Visto lo difícil que resulta ingresar en un hospital, contarían con un dispensario que administraría cuidados de urgencia.
Mientras que en la época de las estructuras autoritarias, tanto familiares como sociales, los individuos estaban constreñidos desde un punto de vista psíquico por las normas impuestas, al precio de innumerables frustraciones, los progresos de la autonomía individual en el seno de la familia y en la vida social han determinado, en ausencia de comunidades fuertes y duraderas, mayor facilidad y mayor frecuencia de separaciones y divorcios, causantes de múltiples neurosis, dolor, soledad y trastornos psíquicos que requieren atención y amor para aliviarlos en lo posible.
Así pues, las Casas de la Fraternidad serían tanto centros de amistad como de atención a los demás. Tendrían una misión polimorfa: serían al mismo tiempo lugares de iniciativas, mediaciones, empatía, compasión, auxilio, información, voluntariado y movilización permanente.
Por otra parte, es urgente instituir un Servicio cívico de la fraternidad que, además de responder a las necesidades de las Casas de la Fraternidad, actuaría en escenarios de desastres colectivos —inundaciones, seísmos, canículas, sequías…—, no sólo en Francia, sino también en Europa y en los demás continentes. De ese modo, la fraternidad se inscribiría profundamente y cobraría vida en la sociedad reformada a la que aspiramos.
La revitalización de la solidaridad se efectuaría asimismo en —y a través de— el desarrollo de ciertas reformas que hemos evocado o a las que volveremos más adelante: la reforma «desburocrática», que desrobotizaría a los trabajadores de las administraciones y las empresas, los dotaría de iniciativa, los animaría a comunicarse entre sí, los liberalizaría en relación con los usuarios, los haría tomar conciencia solidaria de todo aquello en lo que participan; y la reforma de la enseñanza, que abriría las mentes juveniles a los problemas fundamentales y globales de su futura vida como individuos y ciudadanos, así como a la relación indisoluble individuo-sociedad-especie.
Dentro de nuestro concepto de fraternidad, los delincuentes juveniles se encuentran todavía en una edad plástica en la que es nuestro deber favorecer las posibilidades de rehabilitación y redención. Consideramos en especial a los inmigrantes no como intrusos a los que hay que rechazar, sino como a hermanos surgidos de la miseria, no sólo la que creó nuestro pasado colonial, sino también la que ha engendrado en su país la introducción de nuestro sistema económico, el cual ha destruido sus policulturas de subsistencia, ha deportado a sus poblaciones agrarias a la indigencia de los barrios de chabolas urbanos y ha favorecido en la cúpula de los Estados las peores corrupciones.
No por ello minimizamos los problemas de seguridad, sobre todo los que padecen todos aquellos que utilizan transportes públicos y viven en determinados barrios. Ahora bien, como nos demuestra la situación de Estados Unidos, la represión no consigue otra cosa que favorecer la delincuencia y la criminalidad, que encuentran en las prisiones verdaderas incubadoras. Hemos de comprender que aquellos a los que nuestra sociedad rechaza, la rechazan a su vez y nos rechazan a nosotros. Apelamos a una política de prevención que rechace el rechazo. No hemos de reducirla a medidas de residencialización, de videoprotección, de instalaciones policiales de proximidad; no debemos limitarnos a desarrollar un nuevo urbanismo y revisar la ordenación del territorio. Tenemos que llevar a cabo una política de humanización y solicitud; ejemplos locales, en Medellín (Colombia), en Río, en el complejo de favelas Cantagalo y Paváo Paváozinho, o en Caracas, donde han creado una orquesta sinfónica con jóvenes de los barrios de chabolas, nos demuestran que reconocer la dignidad de niños y adolescentes, facilitarles el acceso a la instrucción, a la informática, a las artes, y sobre todo ofrecerles comprensión y afecto, disminuye drásticamente la delincuencia juvenil. "



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