Cuento del mercader (fragmento)Geoffrey Chaucer

Cuento del mercader (fragmento)

"¿Quién reflexiona ahora, sino la hermosa y lozana Mayo? Se acostó junto al viejo Enero, que durmió hasta que le despertó la tos. Al momento rogó a su mujer que se pusiera desnuda del todo, pues quería, dijo, tener de ella algún placer y sus vestidos le estorbaban. Ella, de buena o de mala gana, obedeció. Más para que las personas respetables no se enojen conmigo, no me atrevo a deciros cómo se condujo él, ni si ella pensaba que aquello fuese el paraíso o el infierno, sino que en este punto les dejo obrar a su manera, hasta que tocaron a vísperas y los dos hubieron de levantarse.
Si ello sucedió por destino o por casualidad, por influjo o por naturaleza, bien por alguna constelación o porque el cielo se hallase en disposición tal que fuera momento favorable para escribir a una mujer un billete relativo a los asuntos de Venus, a fin de obtener su amor (pues todas las cosas tienen su tiempo, como dicen los sabios), yo no lo puedo decir, mas el gran Dios de las alturas, que sabe que no hay efecto sin causa, juzgue de todo. Yo, por mí, quiero guardar silencio. Lo cierto es que la fresca Mayo recibió aquel día tal impresión de piedad hacia el enfermo Damián, que no pudo apartar de su corazón la idea de proporcionarle alivio. «Ciertamente, pensaba ella, no me importa a quién la cosa desagrade, pues desde este punto yo aseguro amarle más que a ninguna criatura, aunque él no tenga más que su camisa». ¡Ved qué pronto la piedad tiene cabida en el corazón noble!
Por eso podéis vosotros observar cuán excelente generosidad hay en las mujeres, cuando reflexionan despacio. Algún tirano, como hay muchos, que tuviese el corazón tan duro como una piedra, hubiera dejado morir allí mismo a Damián mejor que concederle su gracia. Gentes así se regocijan en su cruel orgullo, sin cuidarse de que obran como homicidas.
La gentil. Mayo, llena de compasión, escribió una carta de su mismo puño, en la cual otorgaba al escudero sus favores. Sólo faltaba determinar el día y el lugar en que ella habría de satisfacer sus ansias, pues lo demás sería enteramente como él deseara. Y cierto día, cuando vio llegado su tiempo, fue Mayo a visitar a Damián, e introdujo la carta con habilidad debajo de su almohada, para que él la leyese si quería. Le cogió la mano y la apretó fuertemente, de modo tan disimulado que nadie se dio cuenta de ello, y deseándole que se pusiera bueno del todo, se encaminó hacia Enero, luego que él la mandó llamar. A la mañana siguiente se levanté Damián, pues su enfermedad y su pena se habían disipado por completo. Se peinó, se arregló y acicaló, e hizo todo lo que a su señora agradaba y placía. Luego se presentó a Enero, tan humilde como jamás acudió perro de caza. Se mostró tan amable con unos y otros (pues la astucia lo es todo para el que sepa emplearla), que se vieron obligados a hablarle con miramiento, y ganó completamente la gracia de su señora. Así dejo a Damián con su negocio y voy a proseguir mi cuento.
Algunos sabios consideran que la felicidad reside en el placer, y sin duda por eso el noble Enero se había preparado con todas sus fuerzas a vivir muy deliciosamente, y de manera digna, cual concierne a un caballero. Su casa y equipo estaban dispuestos, en su clase, tan ricamente como los de un rey. Entre otras cosas de lujo, mandó hacer un jardín amurallado todo de piedra; jardín tan hermoso no he conocido en parte alguna. Porque creo, en verdad, sin duda, que el que compuso el Romance de la Rosa no sabría describir bien su belleza, ni Príapo, siquiera sea el dios de los jardines, sería capaz de decir la hermosura del jardín y de la fuente que brotaba bajo un laurel siempre verde. Muchísimas veces Plutón y su reina Proserpina, con toda su escolta de hadas, se solazaban y entonaban sus melodías junto a aquella fuente, danzando.
El noble y anciano Enero encontraba tal placer en pasear y divertirse allí, que no permitía que nadie tuviera la llave del jardín, sino él solo. Porque llevaba siempre una llavecita de plata con la cual abría el postigo cuando le agradaba; y en la estación del estío, cuando quería pagar a su mujer su deuda, allí anhelaba ir con su esposa Mayo, y estar a solas con ella. Y las cosas que no hacía en el lecho, las ejecutaba y llevaba a cabo en el jardín. De esta suerte Enero y la fresca Mayo pasaron muchos alegres días. Pero la felicidad de este mundo no puede durar siempre, ni para Enero ni para criatura alguna. "



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