El libro de mi madre (fragmento)Albert Cohen

El libro de mi madre (fragmento)

"En mi sueño, que es la música de las tumbas, acabo de verla otra vez, guapa como cuando era joven, mortalmente guapa y cansada, tan tranquila y muda. Se disponía a abandonar mi habitación y la he llamado con voz histérica que me ha avergonzado en el sueño. Me ha dicho que tenía cosas urgentes que hacer, coser una estrella judía en el oso de peluche que comprara para su hijito al poco de nuestra llegada a Marsella. Pero ha consentido en quedarse un rato más, pese a la orden de la Gestapo. «Pobre huérfano», me ha dicho. Me ha explicado que no era culpa suya haberse muerto y que intentaría venir a verme alguna vez. Luego me ha asegurado que no volvería a llamar a la condesa. «No lo haré más, pido perdón», me ha dicho observando sus manitas, en las que le habían salido unas manchas azules. Me he despertado y me he pasado la noche leyendo libros para que no vuelva. Vete, no estás viva, vete, estás demasiado viva.
En otro sueño, me la encuentro en una calle de mentira, una calle de película, en la Francia ocupada. Pero no me ve y la contemplo con el corazón encogido de compasión, viejecilla encorvada y casi mendiga, recogiendo tronchos de col cuando cierra el mercado y metiéndolos en una maleta con una estrella amarilla. Tiene cierto aire de bruja y va vestida como un pope, con un extraño sombrero negro cilíndrico, pero no tengo ganas de reírme. La beso en la calle resbaladiza, por donde pasa un simón con una persona dentro que es Pétain. Entonces, abre la maleta atada con cuerdas y saca un oso de peluche y mazapán que ha guardado para mí, y con toda el hambre que se pasa en Francia ni lo ha tocado. Qué orgullo llevarle la maleta. Tiene miedo de que me canse y me enfado con ella porque quiere seguir llevándola. Pero noto que le gusta que me haya enfadado, porque eso quiere decir que gozo de buena salud. Me dice de pronto que hubiera preferido que fuera médico, con una hermosa sala de espera y una leona de bronce, y que así habría sido más feliz. «Ahora que estoy muerta, puedo decírtelo.» Luego me pregunta si recuerdo nuestro paseo, el día de los zapatos de ante. «Éramos felices», me dice. ¿Por qué me he sacado del bolsillo una enorme nariz de cartón? ¿Por qué me he disfrazado con ella de rey y por qué mamá y yo caminamos ahora como reyes por la calle, que musita recelosa? El extraño gorro de mamá es ahora una corona, pero también de cartón, y nos sigue un caballo enfermo, que tose y arranca grandes chispas al caer en la noche húmeda. Una antigua carroza, desdorada y con pequeños espejos incrustados, se bambolea y da tumbos tras el manso caballo tuberculoso, que se cae y se incorpora y tira de la carroza moviendo juicioso la cabeza, y sus sedosos ojos son tristes pero inteligentes. Sé que es la carroza de la Ley moral, eterna y hermosa. "



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