Acción de gracias (fragmento)Richard Ford

Acción de gracias (fragmento)

"Pero antes de irme (no acabé de resolver mis asuntos hasta la canícula de aquel verano electoral), observé algo sobre Haddam. Era semejante a lo que el estólido pero aplicado Schmeling vio con respecto al mudo, infatigable pero accesible Louis; en mi caso, algo que quizás sólo un agente inmobiliario sería capaz de ver. La ciudad me parecía distinta: como lugar. Un sitio donde, después de todo, yo vivía, cuyas diversas casas y mansiones yo había visitado, recorrido, admirado, elogiado y vendido, a cuyos habitantes había apoyado, escuchado y observado con interés y simpatía, por cuyas calles había circulado, cuyos taxis había cogido, sus impuestos pagado, sus cargos elegido, su normativa respetado, cuya historia había ido contando y puliendo durante casi la mitad de mi vida. Había cumplido diligentemente todos esos indelebles actos de residencia, con la intención de quedarme como lema. Sólo que ya no me gustaba.
Pero hay que fijarse en los detalles, por supuesto, incluso en los que afectan a nuestras emociones. Para entonces teníamos un nuevo prefijo telefónico: el frío, poco memorable novecientos ocho, que sustituía al agradable seiscientos nueve, suavizado por el tiempo. Se había promulgado una ordenanza que regulaba la realización de ciertas actividades en domingo, con objeto de controlar el disfrute ciudadano. El tráfico era un incordio: tardar treinta minutos en recorrer menos de dos kilómetros hacía que la gente se replanteara el concepto de movilidad y la importancia de llegar a tiempo a algún sitio. Seminary Street se había convertido en la dirección preferida como domicilio y oficina para todo tipo de organización cuya misión consistiera en ayudar a agrupaciones que no sabían que lo eran a convertirse precisamente en un grupo: el consorcio de gemelos negros; entidades de apoyo para quienes habían perdido toda la pilosidad corporal; las familias de las víctimas de acoso escolar; la Vida después de la fraternidad Kappa Kappa Gamma. El gobierno municipal se componía exclusivamente de mujeres y se había convertido en un nido de víboras. El ayuntamiento emitía decretos y ordenanzas sin cesar, y la palabra pleito estaba en boca de todos. Un nuevo reglamento prohibía poner carteles de SE VENDE en los jardines, porque sembraban semillas de ansiedad y temor a la inestabilidad entre los ciudadanos que no habían pensado en mudarse; pero fue revocado. Se prohibieron los escaparates vacíos, de manera que los comerciantes que querían vender su establecimiento debían fingir que seguían trabajando. Otra ordenanza llegaba a exigir que Halloween tuviera un carácter «positivo»: se acabaron los fantasmas y Satanás, nada de bolsas de heces envueltas en llamas y dejadas en los porches. En cambio, los chicos salían disfrazados de conductores de ambulancia, curas y bibliotecarios. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com