Antigua luz (fragmento)John Banville

Antigua luz (fragmento)

"Ahora yo oscilaba entre envidiar a Kitty y mantener una vigilancia celosa sobre la señora Gray mientras atendía a su marido, pálido y cansado después de pasarse el día ganando el pan. Su llegada había afectado al ambiente de la fiesta, el espíritu salvaje se había desvanecido, y las invitadas, ahora serenas, apagadas y desatendidas por su anfitriona de tan escaso tamaño, se preparaban para volver a casa con su aire desaliñado. El señor Gray, doblando la larga montura como si fuera una delicada pieza de óptica, un calibrador, pongamos, un gran compás de madera, se sentó en la vieja butaca que había junto a la estufa. Esa butaca, su butaca, estaba tapizada de una tela gastada y deshilachada que parecía pelo de ratón, y se la veía aún más agotada que su ocupante, hundido en las profundidades de su asiento e inclinándose como ebrio hacia un rincón, donde faltaba una ruedecilla. La señora Gray le llevó el vaso de whisky de la mesa y de nuevo se lo puso en la mano, ahora con más ternura, y de nuevo él le dio las gracias con su dolorosa sonrisa de enfermo. A continuación ella retrocedió, las manos entrelazadas bajo el pecho, y lo contempló con un aire impotente y preocupado. Así parecían ser siempre las cosas entre ellos, él al final de algún recurso vital que sólo con el mayor esfuerzo era capaz de reponer, y ella siempre dispuesta a ayudarle, pero sin saber cómo.
¿Dónde está Billy? Le he perdido la pista. ¿Cómo —vuelvo a preguntar—, cómo no se dio cuenta de lo que había entre su madre y yo? ¿Cómo es posible que nadie lo viera? Pero la respuesta es sencilla. Vieron lo que esperaban ver, y no vieron lo que no esperaban. De todos modos, ¿de qué me admiro? Estoy seguro de que yo no era más perspicaz que ellos. Esa clase de miopía es endémica.
La actitud que el señor Gray exhibía hacia mí era curiosa; es decir, era extraña, pues desde luego no delataba la menor muestra de interés. Su mirada caía sobre mí, rodaba sobre mí, más bien, como un cojinete de bolas engrasado, sin registrar nada, o eso creía yo. Nunca parecía reconocerme del todo. Quizá, al tener mala vista, pensaba que yo era una persona distinta cada vez que aparecía en su casa, una serie de amigos de Billy, todos ellos parecidos de manera inexplicable. O quizá le daba miedo que yo fuera alguien que él debería conocer muy bien, un pariente de la familia, un primo de los niños, pongamos, que los visitaba a menudo y, después de tanto tiempo, le daba vergüenza preguntar quién era. Incluso a lo mejor pensaba que yo era otro hijo suyo, el hermano de Billy, del que se había olvidado de manera inexplicable y que ahora aceptaba sin comentarios. No creo que yo fuera el único a quien contemplaba con esa falta de atención. Por lo que podía ver, observaba el mundo en general con la misma mirada un tanto perpleja, un tanto preocupada, empañada, la pajarita torcida y sus dedos largos, huesudos y rámeos moviéndose sobre la superficie de las cosas en una interrogación poco insistente e infructuosa.
Aquella noche, la noche de la fiesta de Kitty, teníamos un encuentro, la señora Gray y yo. Un encuentro: es una palabra que me gusta, pues sugiere la capa de terciopelo y el sombrero de tres picos, un aleteo de abanico, el pecho que sube y baja bajo el tenso satén; temo que nuestras circunspectas salidas tuvieran poco de ese brillo y brío. ¿Cómo consiguió escabullirse, con todo el trabajo que hay después de una fiesta? En aquellos días las mujeres recogían y lavaban los platos sin esperar que nadie las ayudara, y no se les ocurría protestar. De hecho, me irrita no saber cómo consiguió llevar nuestra peligrosísima relación, y que nadie nos descubriera durante tanto tiempo. Nuestra suerte duró muchísimo, teniendo en cuenta los peligros que corríamos. No era yo el único que pellizcaba la nariz del dios del amor. La señora Gray también incurría en riesgos insensatos. Ésa fue la misma noche en que nos aventuramos a dar una vuelta por el malecón. Fue idea suya. Yo esperaba, de hecho lo deseaba con impaciencia, que en aquella ocasión hiciéramos lo que siempre hacíamos cuando estábamos juntos, pero cuando llegamos a nuestro lugar de reunión en la carretera que había encima del avellanar, ella me hizo entrar en el coche y enseguida se puso en marcha, y no me contestó cuando le pregunté adónde íbamos. Volví a preguntarle, en un tono más quejumbroso, plañidero, y como no obtuve respuesta me enfurruñé. Debería confesar que el enfurruñamiento era mi arma principal contra ella, pues yo era un pillo de siete suelas, y lo utilizaba con la habilidad y buen criterio de los que sólo un muchacho tan cruel como yo sería capaz. Ella resistía todo lo que podía, mientras yo echaba humo en silencio con los brazos cruzados sobre el pecho, la barbilla clavada en la clavícula y el labio inferior asomando casi un dedo, pero siempre era ella la que cedía, al final. En aquella ocasión resistió hasta que, conduciendo ya junto al río, hubimos pasado la entrada del club de tenis. "



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