El libro blanco (fragmento)Jean Cocteau

El libro blanco (fragmento)

"Estábamos en septiembre. El doce de noviembre es una fecha que no olvidaré en toda mi vida. Tenía cita a las seis en el hotel. Abajo, el dueño me detuvo y me contó, en el colmo de la turbación, que la policía había hecho una razzia en nuestra habitación y que se habían llevado a H. a la Jefatura, con una enorme maleta, en un automóvil que contenía al comandante de la brigada antidrogas, y a unos agentes vestidos de civil. «La policía —exclamé—, ¿pero por qué?». Hablé por teléfono con algunas personas influyentes. Ellas se informaron y supe la verdad, que alrededor de las ocho me confirmó H., agobiado, puesto en libertad después del interrogatorio.
Me engañaba con una rusa que lo drogaba. Prevenida de que habría una razzia, le había pedido que llevara al hotel su material para fumar y sus polvos. Un apache que había levantado y con el que se había confiado no se tardó ni un minuto en venderlo. Era un soplón de la policía. Así, de un solo golpe, me enteraba de dos traiciones de baja ralea. Su ruina me desarmó. Había fanfarroneado en la Jefatura, y con el pretexto de que estaba acostumbrado a hacerlo, fumó en el suelo durante el interrogatorio frente al personal atónito. Ahora ya no quedaba más que una piltrafa. No podía hacerle ni un reproche. Le supliqué que renunciara a las drogas. Me contestó que deseaba hacerlo, pero que la intoxicación estaba demasiado avanzada como para dar marcha atrás.
Al día siguiente me telefonearon de Versalles para decirme que después de una hemoptisis lo habían transportado de urgencia a la casa de salud de la calle B.
Ocupaba la habitación 55, en el tercer piso. Cuando entré, apenas tuvo fuerzas para volver la cabeza hacia mí. La nariz se le había encorvado un poco. Con ojos mortecinos miraba fijamente sus manos transparentes. «Voy a confesarte mi secreto —me dijo, cuando estuvimos solos—. Había en mí una mujer y un hombre. La mujer se te sometía; el hombre se rebelaba contra esta sumisión. Las mujeres no me gustan, las buscaba para engañarme y probarme que era libre. El hombre fatuo, estúpido, era en mí el enemigo de nuestro amor. Lo lamento. Sólo te quiero a ti. Después de mi convalecencia seré un hombre nuevo. Te obedeceré sin rebelarme y me consagraré a reparar el daño que he hecho».
Esa noche no pude dormir. Casi de mañana me quedé dormido unos minutos y tuve un sueño.
Estaba en el circo con H. El circo se convirtió en un restaurante compuesto por dos pequeñas habitaciones. En una, al piano, un cantante anunció que iba a cantar una nueva canción. El título era el nombre de una mujer que en 1900 reinaba sobre la moda. Ese título, después del preámbulo, era una insolencia en 1926. Esta es la canción:
Las ensaladas de París.
Se pasean en París.
Hay incluso una endibia.
Qué envidia.
Una endibia de París
La virtud de magnificar del sueño hacía de esta canción absurda algo celestial y extraordinariamente divertido.
Desperté. Todavía estaba riéndome. Esa risa me pareció un buen augurio. No tendría, pensé, un sueño tan ridículo si la situación fuese grave. Se me olvidaba que las fatigas del dolor a veces dan nacimiento a los sueños ridículos.
En la calle B., iba a abrir la puerta de la habitación cuando una enfermera me detuvo y con voz fría me informó: «El 55 ya no está en su habitación. Está en la capilla».
¿Cómo encontré fuerzas para dar vuelta y bajar? En la capilla, una mujer rezaba cerca de una losa en donde estaba tendido el cadáver de mi amigo.
¡Qué tranquilo estaba ese rostro querido que había yo golpeado! Pero ¿qué le significaba ahora el recuerdo de los golpes, de las caricias? Ya no quería ni a su madre, ni a las mujeres, ni a mí, ni a nadie. Porque la muerte es lo único que interesa a los muertos. "



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