El hombre ha muerto (fragmento)Wole Soyinka

El hombre ha muerto (fragmento)

"Hacia medianoche comenzó a desaparecer de la conciencia, fusionándose con el silencio de los sueños.
Cuando llegó el nuevo sonido, un poco antes de la medianoche, no parecía pertenecer a nuestro mundo, ni tampoco al mundo que se desvanecía diariamente fuera de esos muros. Un sonido extraño, que comenzó con un flujo sosegado, derramándose en una corriente oscura, dando vueltas por la noche. Era algo que tocaba y envolvía la piel, suave como el sueño, pero demasiado extraño para ser parte de lo que nosotros éramos, de lo que sentíamos diariamente, de lo que nos tocaba o sostenía. Sabía que procedía de algún lugar muy profundo en la tierra, de una parte aplastada, conocía los frágiles tentáculos del dolor y del triunfo.
Aquella humanidad tratada brutalmente debajo de nosotros estaba cantando, y los cuerpos que escuchaban de los reclusos se convirtieron en algo tangible, comunal. Sentía como si cada alma del bloque estuviera completamente despierta, escuchando, atreviéndose apenas a respirar o a moverse.
Nadie pudo recordar durante cuánto tiempo cantaron. Nadie gritó, nadie se quejó de que le hubieran perturbado el sueño. Duró entre dos y tres horas, tal vez, cada canción fluía tras la otra, sin rupturas.
Terminaba una canción y una nueva voz comenzaba otra y casi desde sus primeras notas parecía como si fuera la continuación de la última. Una especie de angustia y de fuerza lo invadía todo.
Nada salvo el sonido de los himnos en los rezos matinales y vespertinos se había oído antes de aquella gente. Ahora, de repente, en la mitad de la noche, la oscuridad en sus corazones había extraído aquellos sonidos de hogar y altar. Nos envolvía a todos, que no conocíamos sus hogares, en una común humanidad.
Y todo aquello se confirmó a la mañana siguiente. Hasta el soplón se había sentido conmovido y tal vez secretamente avergonzado. Con la ascensión de aquellas voces nocturnas escuchamos no sólo cómo cedían sus ataduras, sino también las nuestras, y sentimos como si el techo se hubiera abierto enseñándonos un cielo común. Envolvieron con sus voces nuestras entrañas e hicieron que cada hombre participara en el sacramento fraternal de la sangre, la culpabilidad y el dolor.
Casi simultáneamente, cuando se abrieron las puertas de las celdas a la mañana siguiente, salió la misma pregunta de los labios de todos: «¿Les oíste? ¿Les oíste anoche?», y la respuesta que la acompañaba: «No pude dormir. Ni siquiera cuando terminaron de cantar fui capaz de dormir.»
Hasta los criminales más sanguinarios y los más rabiosos presos del NNDP, cuya única fe política era la ibofobia, se detuvieron al ir al baño frente a las celdas de sus archienemigos políticos. Les oí decir: «¿Les oíste? ¿Les oíste cantar?» Era la primera vez que reconocían la existencia de Ikoku y Adebanjo, pero querían compartir su experiencia y pensaron que aquellos dos eran las dos criaturas más sensibles que tenían a mano. Cada uno de ellos encontró una explicación sin exigirla, cada uno buscó un significado que no era fácilmente definible. Cada uno comenzó a tener miedo de la respuesta que había sido evocada en su interior, sus interpretaciones y exigencias. Por encima de todo, había una conciencia en ellos, por primera vez quizá, de que las ataduras físicas y la angustia habían sido trascendidas, aunque fuera durante unas cuantas horas, por los gusanos situados en el grado más bajo de la escala oficial en la comunidad de la prisión. "



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